viernes, 14 de junio de 2013

Mensajes secretos

Hace dos días llegó mi hija Ana a la casa muy emocionada y me preguntó si mi tocadiscos podía tocar al revés. Ana es fan de Pink Floyd desde hace tiempo. Un amigo suyo le dijo que en una de las pistas de The Wall había un mensaje secreto grabado al revés. Yo me imaginé que sería una de esas tonterías que se decían desde los años 80 de ciertos discos de rock: que si uno los hacía sonar en reversa se oían mensajes satánicos, pero no dije nada. Bajamos al tocadiscos, desempolvamos el acetato, buscamos un poco y, en efecto, encontramos un mensaje secreto en la pista "Empty Spaces" que está en el lado 2 del álbum.  ¡Treinta y dos años hace que tengo ese disco y tiene que venir una mocosa de 14 años a revelarme sus secretos! Es lo bueno de tener hijos.

Le conté a Ana acerca de la leyenda urbana de los mensajes satánicos en los discos, leyenda que cundió cuando yo era niño. Los que la propagaban al parecer creían que, tras escuchar uno de estos discos, uno no podía resistir poner los ojos desorbitados y echar a caminar todo tieso y con los brazos extendidos a registrarse en las oficinas de la secta satánica más cercana a su domicilio. Decían que eran "mensajes subliminales". Parece que esta idea provenía de grupos religiosos de Estados Unidos, lo que no me extraña nada, y ahora sé que estos grupos trataron de demandar a varios músicos de rock, pero las demandas no prosperaron por falta de pruebas de que un mensaje invertido, por satánico que fuera, tuviera la menor probabilidad de afectar el comportamiento de la gente.

Pese a todo, me acuerdo que a mí me encantaba poner discos al revés, y hasta desarrollé una fina técnica para hacerlos girar con el dedo muy homogéneamente. Haciendo estos experimentos en esa época descubrí dos cosas: 1) que, tocado al revés, todo suena diabólico, y 2) que francamente había que forzar mucho la imaginación para oír palabras en esa cacofonía (a diferencia del mensaje de Pink Floyd, que, al hacer sonar el disco al revés, suena al derecho y con toda claridad). En fin, que oír mensajes en una voz en reversa está relacionado con ver figuras en las nubes y caras en las manchas de humedad: es un intento desesperado del cerebro por encontrarle significado a la información sensorial, incluso a la que no lo tiene (este fenómeno es bien conocido y en el caso de imágenes que se ven donde no las hay se llama paraeidolia).

El mensaje secreto de Pink Floyd me recordó también el temor añejo a los mensajes subliminales en las películas y en la tele, igualmente de moda en mi adolescencia. Parece que el temor provenía de un acontecimiento que ocurrió mucho antes, en 1957. Ese año un mercadólogo llamado James Vicary convocó una rueda de prensa para revelar que durante varias semanas se las había arreglado para poner anuncios publicitarios de tres milisegundos de duración que decían "coma palomitas" o "tome Coca Cola" insertados a intervalos de cinco segundos en la película que se proyectaba en un cine de Fort Lee, Nueva Jersey. Mientras la gente veía la película sin sospechar, estas imágenes se estaban insinuando subrepticiamente hasta lo más profundo de su psique y afectando su comportamiento (o eso se supuso). Según Vicary, las ventas de palomitas aumentaron 18 % y las de Coca Cola 58 %.

La reacción fue furibunda. El público ya se sospechaba que los publicistas y el gobierno lo podían controlar. Esto era la confirmación de que les estaban lavando el cerebro y manipulándolos como marionetas. La CIA rápidamente hizo un informe sobre el potencial estratégico de los mensajes subliminales. Se publicaron libros de denuncia y la publicidad subliminal se prohibió en Estados Unidos y el Reino Unido.

Pero cuando otros investigadores trataron de replicar los resultados de Vicary no obtuvieron nada: los mensajes subliminales no afectaban para nada el comportamiento de las personas. Para colmo, a los pocos años James Vicary confesó que todo había sido un engaño... pero nadie le hizo caso. Había nacido la leyenda urbana de los mensajes subliminales.

Ni la prohibición ni la falta de resultados han impedido que ocasionalmente se intente manipular el comportamiento del público con este tipo de mensajes. En el año 2000 la campaña de George Bush transmitió un anuncio en el que, mientras se hablaba de Al Gore y los demócratas, aparecía brevísimamente la palabra "ratas". Las autoridades obligaron a Bush y compañía a retirar el anuncio y el candidato dijo que había sido "un descuido" (sí, claro).

Otra forma de mensaje subliminal (palabra que, por cierto, significa "por debajo del umbral de la conciencia") era el mensaje verbal (al derecho) disimulado a bajísimo volumen en una pista musical. Sobre este principio se construyó toda una industria de CDs y cassettes de autoayuda y relajación. Se suponía que uno escuchaba la música mientras el mensaje subliminal se abría paso hasta el subconsciente y afectaba el comportamiento positivamente. Pero en 1991 Anthony Greenwald, de la Universidad de Washington, hizo un estudio con 237 participantes a los cuales puso a escuchar un cassette de música clásica con mensajes inaudibles para mejorar la memoria y la autoestima. Los participantes estaban divididos en dos grupos: unos pensaban que estaban escuchando solamente música (falso), los otros pensaban que bajo la música había mensajes (cierto). Al cabo de cinco semanas los investigadores hicieron pruebas para ver el efecto de los mensajes y no encontraron nada medible. Sin embargo los participantes que esperaban que el cassette tuviera efectos reportaron mejoras en su memoria y autoestima. Conclusión: el efecto era pura sugestión.

Durante 10 o 15 años la investigación en mensajes subliminales perdió adeptos, pero recientemente en Holanda y Estados Unidos se han estado realizando nuevos experimentos consistentes sobre todo en poner imágenes subliminales en pruebas de atención. En un experimento un grupo de participantes vio sin saberlo mensajes que decían "sed" y "agua mineral" y otro grupo no vio nada. Al final los que vieron los mensajes fueron más propensos a pedir de beber, pero no más propensos a preferir agua mineral, lo que sugiere que el mensaje subliminal sólo puede afectar la intención de beber, mas no la preferencia de bebida. El experimento se repitió exitosamente en Estados Unidos. En otro experimento se trató de probar si se podía influir en la marca de bebida que uno pide. Las conclusiones son que: 1) el mensaje sólo puede impulsar a beber a quien ya tiene sed, 2) no te puede hacer cambiar de opinión si tienes una marca preferida de bebida y 3) en todo caso, sólo tiene un (débil) efecto en hacerte cambiar de marca si conoces la marca que se te propone subliminalmente.

En cuanto al mensaje de Pink Floyd, no hay nada que temer. En primer lugar el cerebro no tiene manera de descifrar -ni consciente ni subconscientemente- los mensajes invertidos, y en segundo, el mensaje no pretende manipular a nadie, mucho menos inducirlo al satanismo, y ni siquiera a preferir a Pink Floyd sobre el resto de la música del universo porque simplemente dice "congratulations, you have just discovered the secret message".




viernes, 31 de mayo de 2013

El martirio científico como aspiración

La semana pasada se celebró el congreso conjunto de divulgación de la Red de Popularización de la Ciencia de América Latina y el Caribe y de la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la técnica en Zacatecas. En una conferencia magistral el físico portugués Joao Magueijo nos contó sus experiencias de investigador convertido en divulgador de su propia ciencia. Magueijo es conocido por haber propuesto, junto con otros, que la velocidad de la luz ha ido cambiando a lo largo de la historia del universo. En la física mainstream la velocidad de la luz tiene fama de constante. Es más: nuestra imagen científica del mundo depende crucialmente de que lo sea. La idea de Magueijo es revolucionaria... si se confirma.

Joao Magueijo es culpable de dos actos que en ciertas partes de la comunidad científica se consideran pecados: escribir un libro de divulgación de la ciencia y tener éxito con su libro. Incluso habló del "efecto Sagan": el astrónomo y divulgador Carl Sagan fue objeto de ataques por haber realizado un programa de televisión que vieron varios miles de millones de personas. Uno se puede reír de los científicos envidiosos que le reclaman a Magueijo el ser popular, pero el físico portugués también ha incurrido en otro pecado más cientificamente importante: en opinión de muchos físicos, su idea no es necesaria. En ese caso, Magueijo (y otros: desde luego, no es el único al que se le ha ocurrido esta idea) estaría proponiendo trastocar la física nada más porque sí (exagero, pero por el momento no es muy importante entrar en detalles).

Magueijo dio una plática muy entretenida. Nos contó "lo bueno, lo malo y lo feo" de sus relaciones con sus colegas y con la prensa. De sus colegas cuenta que ahora lo miran de soslayo y con desconfianza y de la prensa (sobre todo la especializada) dice que lo han malinterpretado hasta niveles absurdos. A decir verdad, me dio la impresión de estar un poquito amargado. Luego también detecté un susurro de algo más inquietante: ¿estaba empezando Magueijo a verse a sí mismo como un mártir de la ciencia?

El mártir de la ciencia es un personaje arquetípico. Es primo del mártir en general, personaje atractivo que nos gusta por su estoicismo taciturno y por su nobleza. En el caso del mártir científico, su historia típica va así: descubres, o se te revela, un resultado asombroso, nadie te cree, tú perseveras y te mantienes firme cuando en tu derredor todo el mundo se ofusca y tacha tu entereza, al final viene el gran momento de la reivindicación cuando se reconoce que tú tenías razón, te dan el Premio Nobel y tus enemigos se tienen que tragar sus palabras. La tentación de ponerse en este papel es muy grande.

La historia de la ciencia se narra muchas veces como una sucesión de genios incomprendidos y mártires. A veces incluso la historia es verdad: es el caso del físico israelí Dan Shechtman. En 1982 Shechtman encontró un material de estructura imposible. Perseveró y se convenció de que era cierto lo que le mostraban sus aparatos. Lo corrieron de su equipo de trabajo y lo mandaron a releer los libros de texto de su especialidad. El Premio Nobel de química Linus Pauling se burló de él. Pero pasaron los años, la gente se fue convenciendo y, para no hacerles el cuento largo, en 2011 Dan Shechtman recibió el Premio Nobel de química por descubrir una clase de materiales hoy llamados cuasicristales. En el caso de Dan Shechtman la historia arquetípica del mártir se realizó cabalmente; pero en otros casos el modelo del mártir es falso.

Es (posiblemente) el caso de la bioquímica Felisa Wolfe-Simon, del Instituto de Astrobiología de la NASA, que en 2010 publicó con unos colegas un artículo en la revista Science. El artículo informaba que los investigadores habían descubierto una bacteria originaria del lago Mono, California, que usaba arsénico en vez de fósforo para realizar diversas funciones. Todos los seres vivos de la Tierra usan fósforo. El que un organismo pudiera remplazar el fósforo por arsénico abría un montón de posibilidades para la vida en otros planetas. Todo indica que la NASA se precipitó al anunciar el resultado provisional de Wolfe-Simon y colegas. Todo indica también que la revista Science fue menos meticulosa que de costumbre, quizá por tratarse de un resultado con tal potencial para causar un gran impacto en la ciencia. El mismo día del anuncio y de la publicación del artículo ya muchos blogs científicos habían despedazado el resultado con análisis implacables de esos que a los científicos les gusta aplicar, especialmente a los resultados ajenos. Así pues, tres días después del anuncio ya era consenso que el equipo no había sido suficientemente diligente con sus evidencias, que la investigación estaba mal hecha y que la conclusión, por lo tanto, no se sostenía. Con todo, según dicen algunos, Felisa Wolfe-Simon siguió presentando el resultado en foros extracientíficos como si fuera cierto pese a la opinión de una comunidad de especialistas muy exigentes. La científica incluso había empezado, en sus pláticas, a hacer alusión a todos los personajes del pasado que fueron objeto de escarnio antes de verse reivindicados. Felisa Wolfe-Simon quizá había empezado a vestirse de mártir. (Mi amiga Antígona Segura, investigadora del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM --que es amiga de Wolfe-Simon-- me cuenta, por otro lado, que la reacción de los colegas científicos no ha lucido tampoco por razonable: en los congresos, dice Antígona, la gente rehuye a Wolfe-Simon y le han aplicado la ley del hielo.)

He aquí las etapas por las que pasa el científico que se está erigiendo en mártir de la ciencia: primero empiezas a verte como un iconoclasta, una persona con ideas demasiado avanzadas para la comunidad científica. Luego toda crítica te empieza a parecer un ataque con motivos siniestros, un esfuerzo de ocultar la verdad, en vez de un procedimiento estándar en la ciencia para mejorar la calidad de los resultados científicos. Después empiezas a enumerar casos históricos de iconoclastas reivindicados: Galileo, Colón, los hermanos Wright. Finalmente, te empiezas a decir que, si se ríen de ti, es prueba de que en el fondo tienes razón. Ahí sí ya te perdimos.

Pero, como dice Carl Sagan, "se rieron de Colón, se rieron de los hermanos Wright... pero también se rieron de Bozo el Payaso". No es Galileo toda persona que haya sido objeto de burlas. Muchas veces las burlas no están erradas. Es más, yo diría que, en general, por cada Colón hay miles de Bozos, pero sólo nos llegamos a enterar de los colones y pervive el mito del mártir científico.

viernes, 26 de abril de 2013

Adonde fueres haz lo que vieres

Cultura es todo lo que hacemos que no viene programado de fábrica en el cerebro: nuestro idioma nacional y la variante local que hablamos, las reglas de urbanidad, la política, la religión, la ciencia, los cuentos infantiles, los héroes a los que rendimos culto. Poseer la cultura local facilita interactuar con los nativos y a fin de cuentas favorece la supervivencia.

¿Cómo se adquiere la cultura? Aquella en la que uno nace se adquiere imitando a los padres sobre todo. La imitación también es la forma por excelencia de adquirir una cultura a la que se llega.

El aprendizaje social de la cultura es una especie de herencia parecida a la herencia genética. Podríamos decir que hay unos conocimientos y comportamientos que heredeamos por vía genética y otros que heredamos culturalmente. Los humanos hemos inventado un "segundo sistema de herencia" que complementa al que nos dio la naturaleza.

Pero no somos, ni de lejos, los únicos animales culturales. Dos artículos que aparecen en el número de Science de esta semana lo ilustran bien.

El primero es de Erica van de Waal, Christèle Borgeaud y Andrew Whiten. Los tres trabajan en una reserva en Sudáfrica y provienen colectivamente de la Universidad St Andrews, Escocia, y de la Universidad de Neuchâtel, Suiza. Van de Waal y sus colaboradores hicieron un estudio de la importancia del aprendizaje social en cuatro grupos de monos vervet silvestres. En la primera parte del experimento, pusieron en el territorio de cada grupo dos recipientes llenos de granos de maíz teñido, de azul en uno y de rojo en otro. A una de las variedades de maíz le añadieron un sabor desagradable: a la azul en dos grupos y a la roja en los otros dos, de modo que, al cabo de varias semanas, cada grupo aprendió a preferir la variante que no sabía a rayos (es decir, la azul en dos grupos y la roja en los otros dos).  En la segunda etapa, los investigadores esperaron a que maduraran las crías recién nacidas, que nunca habían probado maíz ni azul ni rojo y por lo tanto no tenían prejuicios, y luego volvieron a poner los dos recipientes de maíz teñido, pero ahora sin sabor desagradable de modo que ambas variedades eran igual de sabrosas.

El objetivo era ver si las crías aprendían a comer el maíz favorecido por el grupo imitando a sus madres pese a que el otro maíz era igual de sabroso. También querían probar si los adultos de otros grupos que se incorporaban a un grupo nuevo adoptaban las costumbres locales pese a su conocimiento y preferencia previa. El resultado, en resumen, es que sí y que sí, pero con dos sutilezas interesantes. Los monos vervet, como muchas especies de primate, tienen jerarquías sociales. En un grupo dado los únicos monos que probaban el maíz que no estaba de moda eran los que estaban más abajo en el escalafón, y esto se debía, básicamente, a que los aristócratas no les dejaban ni pizca del maíz favorecido. Entre los inmigrantes, en cambio, los únicos que llegaron a probar el maíz alternativo fueron los dominantes.

Dicen los autores: "Nuestros resultados muestran que el aprendizaje social es muy fuerte tanto en las crías del grupo como en los adultos inmigrantes". Éstos "subyugan su conocimiento anterior a las costumbres que observan en la mayoría en la nueva comunidad".

Imitar puede ser una forma estratégica de comportarse: cuando uno no sabe cómo comportarse en un entorno desconocido --qué comer, en quién confiar, qué peligros temer--, lo más expedito es hacer lo que vieres: aprovechar el conocimiento de los expertos locales imitándolos.

En vista de esta fuerte tendencia a aprender por imitación --probadísima en humanos y, en este estudio, en monos vervet--, los autores concluyen que "establecer comportamientos novedosos puede ser un proceso frágil". El objetivo que proponen para futuras investigaciones es entender por qué ciertas novedades no prosperan mientras que otras cunden y se establecen como nuevas tradiciones.

viernes, 19 de abril de 2013

Cómo invertir la postura política de un votante

La semana pasada apareció en la revista PLOS ONE un artículo del científico cognitivo Lars Hall y sus colaboradores, de la Universidad de Lund, Suecia. Hall y su equipo reportan los resultados de una investigación divertida e inquietante. Y con utilidad práctica si usted es político (me repugna la posiblidad de ofrecerles a los políticos de mi país una posible herramienta para manipular al electorado, aunque en México no hay necesidad: el electorado se puede comprar).

En 2010 hubo elecciones generales en Suecia. Según todas las encuestas, los votantes estaban polarizados equitativamente entre izquierda y derecha, con 10 % de indecisos. Hall y sus amigos entrevistaron a 162 participantes voluntarios en las calles de Malmö y Lund. A cada participante le pidieron manifestar su preferencia (izquierda/derecha), manifestar su certeza acerca de esta preferencia y completar una encuesta. La encuesta preguntaba su postura respecto a 12 asuntos políticos que estaban en juego en la elección, y en los que izquierda y derecha estaban completamente divididas. He aquí algunos de los asuntos sobre los que los participantes tenían que ubicarse en una escala de 0 a 100 (0 desacuerdo total, 100 acuerdo total):


  • Hay que aumentar el impuesto a la gasolina
  • Los beneficios de la seguridad social deberían ser de tiempo limitado
  • Se debería permitir trasladar a otra escuela a los estudiantes problemáticos incluso contra su voluntad y la de sus padres
  • Se debería abolir la ley que permite al gobierno espiar los correos electrónicos y llamadas telefónicas cuando estima que hay peligro para Suecia
  • Se debería permitir que los hospitales más importantes operen como empresas privadas
  • Se debería incrementar el monto del seguro de desempleo
  • ...


Sin saberlo los participantes, mientras llenaban sus encuestas el entrevistador iba llenando otra idéntica con posturas opuestas a las que veía que manifestaba el participante. Usando un truco de prestidigitación inventado en el siglo XVII, el entrevistador cambiaba subrepticiamente las encuestas. Luego le solicitaba al participante que justificara sus respuestas. Juntos, entrevistador y participante dilucidaban la postura política que mostraban las falsas respuestas. Después el entrevistador le pedía al participante que volviera a decir por quién pensaba votar. Muy burdo, ¿no? Nosotros nunca nos dejaríamos engañar así.

Pues bien, como informan Hall y amigos en el artículo de PLOS ONE, los participantes sólo detectaron 22 % de las respuestas alteradas (y muchos pensaron que el error era suyo por haber leído mal la pregunta). Un tremendo 92 % no se dio cuenta de que les habían cambiado la encuesta. Como resultado de la discusión sobre la encuesta falsa, 10 % de los participantes cambiaron de bando, 19 % pasaron de la certeza a la indecisión y 18 % ya eran indecisos antes de la encuesta. Esto indica, como señalan Hall y sus colaboradores, que 47 % de los votantes tienen en realidad una posición flexible pese a la certeza que puedan manifestar antes de la encuesta. Los autores del estudio sugieren que, a la luz de estos resultados, es un error en política dirigir una campaña sólo a los votantes que en las encuestas políticas se manifiestan como indecisos porque en realidad hay muchos más votantes cuya postura está abierta a cambiar.

Hall y sus colaboradores ya tienen una larga historia de investigaciones de este fenómeno, que llaman choice blindness, o ceguera de elección. Hay experimentos psicológicos que sugieren que las certezas que tenemos acerca de nosotros mismos son pura ilusión. Inferimos nuestra propia personalidad por introspección, el análisis de nuestros procesos mentales. Tan íntimo es este análisis, que nos parece estar contemplando la esencia misma de nuestra manera de ser. Por lo tanto, tendemos a no dudar de nuestra propia introspección y en cambio a poner en duda la de los demás. Después de todo, yo no puedo ver lo que piensan ustedes. ¿Qué me dice que de veras piensan tan bien como yo? Esta ilusión de autoconocimiento conduce muchas veces a la ilusión paralela de superioridad sobre los demás. El fenómeno se conoce como ilusión de la introspección. Una consecuencia de esta ilusión que nos da la seguridad de que nosotros sí sabemos cómo somos y los demás no nos hace pensar que nuestras elecciones y decisiones siempre están bien fundamentadas en nuestras más firmes creencias. Así, cuando la encuesta de Hall y colaboradores nos muestra opiniones alteradas que creemos nuestras, hacemos todo lo posible por justificarlas. Horrible, ¿no?

Sin embargo, la invesigación de la maleabilidad de nuestras convicciones políticas no está libre de críticas. Al parecer, se sabe que nuestras convicciones en general se hacen más endebles de lo que manifestamos si nos vemos obligados a explicarlas. Analizar sinceramente nuestras opiniones las desestabiliza. Otra observación crítica de algunos psicólogos es que el estudio de Hal y colaboradores no mide la duración del efecto.

Al final de las encuestas, a todos los participantes se les reveló la verdad. Los investigadores observaron dos reacciones: 1) de complacencia de no ser tan cerrado políticamente y 2) de alivio de no ser del partido equivocado.

viernes, 15 de marzo de 2013

Puro cuento

Ayer revisé un texto que nos propusieron para la revista ¿Cómo ves? Era un artículo sobre aritmética maya que exponía detalladamente cómo se hacen operaciones con el sistema de numeración de ese pueblo. Así como estaba resultaba un poco aburrido, porque parecía una entrada de enciclopedia o un capítulo de libro de texto. La explicación era buena, pero no invitaba a leerla. ¿Qué le fallaba?

Al poco rato me senté a comer unos tacos de canasta con mis amigas y colegas Libia Barajas y Sofi Argüelles. Libia nos contó esta historia real: una señora mayor (conocida de una amiga de Libia) iba de pie en un vagón de metro atestado cuando se dio cuenta de que le habían robado el reloj. Desesperada, mira de un lado a otro para ver si el ladrón sigue por ahí y se da cuenta de que el individuo que va junto ella trae puesto su reloj. "¡Qué cinismo!", piensa la señora, y le empieza a dar una rabia incontenible. "¡Qué insulto! Encima de que me roba el reloj, se queda ahí paradote sin importarle que yo me dé cuenta. Seguramente piensa que soy una viejita indefensa". En estas elucubraciones va la pobre señora, enchilándose cada vez más conforme pasan las estaciones del metro, cuando, en nombre y honor de todas las viejitas indefensas del mundo, decide reclamar sus derechos y no dejarse pisotear. ¡Ya basta de humillaciones! Sin poder contener la rabia, se vuelve hacia el tipo y sólo acierta a decirle con voz entrecortada: "¡El reloj! ¡El reloj!", con lo que el individuo se lo quita apresuradamente y se lo extiende a la señora. ¡Un triunfo para la justicia! La señora se va corriendo y casi nos la podemos imaginar saltando por los pasillos de la estación Juanacatlán sin prestar atención a su artritis mientras se aleja profiriendo gritos de emoción con el reloj en alto. Al llegar a su casa encuentra su reloj en la mesa del comedor.

Hasta masticar se nos olvidó mientras Libia contaba la historia. Nos tenía prendidos de sus palabras. Acabamos llorando de risa, que es una de las sensaciones más agradables del mundo. Imagínense la historia que contó el pobre individuo al llegar a su casa: "¡Me asaltó una viejita!"

Y he ahí lo que le faltaba al artículo de la aritmética maya: no contaba ninguna historia.

He descubierto con la experiencia que si quiero acaparar la atención del público (en una conferencia, en un libro o artículo, en un programa de radio y hasta en una clase) lo mejor es pasar al modo narrativo. Narrar es la forma por excelencia de transmitir información y convencer. Y por buenas razones, al parecer. Hay una línea de investigación relativamente reciente que consiste en indagar 1)  por qué todas las culturas de todos los tiempos, sin excepción, tienen cuentos que se pasan de generación en generación y 2) qué se requiere para que un relato absorba a su público (para que el público se deje transportar por la narrativa). Los resultados sugieren varias cosas interesantes.

En primer lugar, que no cualquier cadena de sucesos contados constituye una narrativa. Para ser eficaz la historia necesita "agentes intencionales" con deseos y motivaciones: personajes reconocibles como humanos en situaciones de adversidad, que al final se superan o no. Una lista de hechos no es una narrativa. Una explicación descarnada tampoco. Hace falta gente y conflicto.

La psicóloga Melanie Green, de la Universidad de Carolina del Norte, ha llevado a cabo experimentos que demuestran, como ya se sospechaba, que las personas reaccionan más intensamente a las historias si lo que éstas describen les es conocido. Green puso a un grupo de voluntarios a leer la historia de un hombre homosexual que llega a una fiesta de su generación de la universidad. Como es natural, los participantes con amigos o parientes homosexuales (o que lo eran ellos mismos, claro) se dejaron transportar más por la historia. Debe ser el famoso "sentirse identificado". Otra investigación que me parece más interesante muestra que hay relación entre el nivel de empatía de una persona (que mide cuan buena es esa persona para ponerse en los zapatos de los demás) y la intensidad con que se deja llevar por una historia. Hay gente que no se conmueve con nada y las hay que lloran hasta con un anuncio en la tele.

Para poderse poner en los zapatos de los demás uno necesita, antes que nada, creer que los demás funcionan igual que uno: que tienen deseos, intenciones, motivos parecidos a los nuestros. Esta creencia tiene nombre: los psicólogos le han puesto "teoría de la mente" y en experimentos con niños pequeños han encontrado que los menores de cuatro o cinco años en general son incapaces de imaginarse qué puede estar pensando otra persona. Esos niños no han desarrollado la "teoría de la mente". En cambio los niños mayores no tienen ninguna dificultad en entender que todas las personas tienen mente como ellos, y que el contenido de esa mente, aunque no se vea (lo que es útil para decir mentiras, por ejemplo), se puede inferir (por lo que hay que tener cuidado, por ejemplo, cuando uno dice mentiras).

La "teoría de la mente" es una habilidad indispensable para vivir en sociedad, por eso la mayoría de la gente la posee. Es más, la poseemos en tan alto grado, que nos vamos de largo y tendemos a atribuirle mente e intenciones a todo lo que se mueva, sin importar si es cosa o animal... o mancha móvil en una pantalla de cine. En 1944 Fritz Heider y Mary-Ann Simmel lo demostraron con un bonito experimento. Pusieron a sus voluntarios a ver una película animada de dos triángulos y un círculo que daban vueltas alrededor de un cuadrado y luego les pidieron que describieran lo que pasaba. Todos describieron la escena como si las figuras geométricas tuvieran intenciones: "el círculo está persiguiendo a los triángulos" y cosas por el estilo. De ahí a inventar dioses del viento, de la lluvia, de las plantas sólo hay un paso.

"La información es poder" se dice por ahí, y esto ya era cierto cuando nuestros antepasados itineraban por las llanuras heladas de Europa y Asia en busca de alimento y refugio temporal. Si vives en comunidad, es importante saber qué hacen los demás. Esto da lugar a la conversación social y a los chismes. También es importante enseñarles a los niños un montón de normas sociales y de reacciones adecuadas en situación de peligro, de preferencia, sin ponerlos realmente en peligro. Keith Oatley, profesor de psicología cognitiva aplicada de la Universidad de Toronto, piensa que los cuentos que se transfieren de generación en generación en todas las culturas son una especie de simulador de vuelo para practicar en la mente las habilidades sociales sin meter la pata. Quizá otra forma de ver esta gran base de datos cultural de historias que nos contamos podría ser así: los cuentos son información extra que no viene de fábrica en el cerebro y que hay que "descargar" del ambiente como las aplicaciones que se le ponen a un teléfono celular, metáfora de la cultura que sé que me puede costar cara. (Experimento: ponerlo en Facebook y esperar a que se me lancen a la yugular por comparar la cultura con la  App Store).

En resumen: tenemos un cerebro finamente ajustado para reaccionar intensamente a la información expresada en forma narrativa. Lo saben los publicistas, que desde hace años han dejado de ensalsarnos las bondades de los productos para, en su lugar, contarnos historias en las que a veces ni figura el producto. Y los sabemos los divulgadores de la ciencia (algunos por lo menos). Sí, eso le propondré a la autora del artículo sobre aritmética maya: no nos expliques tanto, mejor cuéntanos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Estudios de longevidad y tentaciones irresistibles

Si yo les cuento que mi abuela vivió hasta los 94 años quizá se interesen en saber cómo le hizo: qué comía, qué actividades tenía y demás. Pues bien, mi abuela vivía sola, comía mal y se pasaba la tarde viendo telenovelas. He ahí el secreto.

Si uno busca algún tipo de secreto de la longevidad, mal hará en indagar sobre las costumbres, alimentación y entorno de una sola persona longeva. Siempre es posible que ese individuo sea especial de alguna manera difícil de detectar: quizá es algo genético que le confiere protección contra lo que en general son malos hábitos, como alimentarse mal y estar sentado frente a la televisión todo el día. Seguramente otras personas con vidas parecidas a la de mi abuela no llegan a los 94 años. No: lo mejor para saber el secreto de la longevidad (si acaso hay tal secreto) sería estudiar poblaciones con alta proporción de nonagenarios y centenarios.

Con ayuda de la National Geographic Society y un equipo de investigadores, Dan Buettner ha identificado unas cuantas regiones donde el número de personas longevas excede notablemente la media global (mundialmente 1% de las personas tiene más de 80 años; ¡1%!): Okinawa (Japón), Loma Linda (California), Nicosia (Costa Rica), Cerdeña (Italia) y recientemente la isla de Ikaria, Grecia. Buettner y sus colaboradores han llamado a estas regiones "zonas azules" por el color de la tinta con que identificaron la primera en un mapa (una región de la isla de Cerdeña).

Un equipo de científicos griegos dirigidos por Demosthenes Panagiotakos, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Atenas, publicó recientemente un artículo sobre la población de Ikaria en la revista  Cardiology Research and Practice. Panagiotakos y sus colaboradores estudiaron a 1,420 voluntarios de más de 30 años, con 13 % por encima de los 80, por medio de cuestionarios estandarizados para evaluar sus ingresos, dieta, escolaridad, nivel de actividad física, nivel de depresión y  factores del entorno de la isla. Algunas características de los más ancianos de la población: ingresos escasos, poca escolaridad, vida en familia, buen nivel de actividad física, dieta mediterránea con algo de vino de la región (con poca carne y muchas verduras, hierbas y aceite de oliva), prácticamente nada de tabaco (aunque casi todos habían fumado alguna vez, lo que tiene extrañados a los investigadores) y siestas todos los días. ¿Cuáles de estas características contribuyen eficazmente a la longevidad? Los autores sugieren que las siestas influyen porque se ha demostrado que reducen el nivel de estrés, pero ¿qué hay de los otros factores? ¿Se puede extraer de aquí un "secreto" de la longevidad más allá de lo que ya sabemos acerca de la dieta mediterránea y la vida familiar? Seamos claros: ¿se atrevería alguien a recomendar bajos ingresos y poca escolaridad para vivir más? La isla tiene fuentes de aguas con un poco de radiactividad. ¿Influye este factor? Digo todo esto para señalar lo cautelosos que hay que ser con estos estudios. Panagiotakos y sus colaboradores no extraen de su estudio ningún "secreto" especial de la longevidad, pero me imagino perfectamente gente con mucha iniciativa empresarial que se ponen a vender agua radiactiva y píldoras con extracto de vino de Ikaria ofreciéndolos como elíxires de la eterna juventud "probados científicamente".

De hecho, Dan Buettner ya fundó una empresa relacionada con su concepto de "zonas azules", por lo que conviene ser cuidadosos: una vez que uno pone una compañía, es fácil caer en la tentación de exagerar el significado de sus investigaciones. Le pasa a cualquiera. Le pasó incluso al doctor Henry Heimlich que inventó la maniobra Heimlich para ayudar a una persona que se está asfixiando a expulsar lo que le obstruye la tráquea: Heimlich (que aún vive) llegó a afirmar que su procedimiento servía también para salvar ahogados y para prevenir y mitigar ataques de asma, lo que se ha desmentido con buenas pruebas. En la página web de Buettner ya veo tests de felicidad y cosas por el estilo que me preocupan bastante.

viernes, 22 de febrero de 2013

Betelgeuse al borde del abismo...o no tanto

Qué bonito sería ver una supernova. Los astrónomos las ven a montones en otras galaxias, usando telescopios, pero la luz de esas estrellas moribundas no alcanza ni de lejos la intensidad suficiente para que las veamos a simple vista. Para eso la estrella tendría que estar en nuestra propia galaxia, o una de sus dos pequeñas galaxias satélites, llamadas Nubes de Magallanes.

Lo malo es que en una galaxia dada las supernovas no se dan en maceta. La más reciente en la nuestra data de 1604, y la anterior de 1054. En 1987 hubo una en la Pequeña Nube de Magallanes que se vio a simple vista en el hemisferio sur y que fue muy útil para afinar nuestros modelos de la muerte explosiva de las estrellas más grandes. Esos modelos sirven para calcular cada cuánto ocurre, en promedio, una explosión de supernova en nuestra galaxia, y la respuesta es que sucede una vez cada 100 años, aproximadamente.

Un promedio, claro, sólo es un promedio: es una medida que caracteriza el comportamiento colectivo de una gran cantidad de objetos semejantes, y en lapsos grandes. No sirve para predecir cuándo debería ocurrir la próxima supernova, lo que significa que, aunque han pasado 400 años desde la última vez que apareció una supernova intragaláctica en nuestros cielos, no tenemos la menor idea de cuándo ocurrirá la siguiente. Se podría pensar que ya toca supernova, pero la probabilidad no funciona así. Lamentablemente. Qué bonito sería ver una supernova.

Estrellas al borde del colapso no faltan: son las estrellas más grandes y más rojas del cielo, llamadas gigantes rojas con lamentable falta de imaginación. Ejemplos: Aldebarán, que pueden ustedes ver esta noche muy cerca del punto brillante de Júpiter, muy altos ambos en el cielo; Capela, por la misma región de la bóveda celeste, en la constelación de Auriga; y la famosa Betelgeuse, en la constelación de Orión, también por el rumbo celeste de las otras dos. Desde los años 50 sabemos que estas estrellas, y todas las que se les parecen, están en las últimas etapas de su existencia estelar, y que, al cabo del tiempo (mañana, en un millón de años) estallarán como supernovas. Eso de "borde del colapso", en astronomía, tiene un significado distinto al de la vida cotidiana.



Las estrellas nacen como bolas de hidrógeno y algunos otros elementos y brillan porque, bajo las presiones gigantescas del interior de la estrella, los átomos de hidrógeno están tan apretujados que se fusionan. La fusión del hidrógeno da núcleos de helio y mucha energía en forma de luz y calor: la luz de la estrella. Los núcleos de helio se van acumulando en el centro de la estrella y cuando empieza a escasear el hidrógeno y la estrella se contrae, empiezan a fusionarse para dar otros elementos químicos. Los núcleos de estos elementos, más pesados, se van al fondo... etcétera, etcétera. Al final de su vida, la estrella es una cebolla con capas de fusión de distintos elementos químicos y un centro creciente de núcleos de hierro que se acumulan, se acumulan... Como la fusión del hierro absorbería energía en vez de liberarla, el hierro no es fusionable en el horno estelar. Llega un momento en que el combustible escasea, no hay suficiente calor para sostener las capas superiores de la estrella contra la intensa gravedad que las atrae hacia el centro, la estrella se contrae, la presión aumenta en el centro, el hierro se comprime y si la estrella era suficientemente masiva al principio, los protones del hierro se combinan con electrones para dar neutrones. Este proceso comprime el núcleo de hierro casi instantáneamente a una fracción pequeña de su tamaño original. Sin nada que las sustente, las capas exteriores de la estrella se derrumban hacia el centro y... ¡Bladavabum! En esencia. Me salté detalles, pero no quiero extenderme en esto.

La explosión dura muy poco tiempo, pero la estrella aumenta de brillo hasta hacerse más intensa que todas las estrellas de la galaxia juntas mientras una onda de choque proveniente del colapso del hierro desgarra las capas superiores de la cebolla estelar y produce aún más variedad de elementos químicos. Esto dura unas cuantas semanas. Al final puede quedar una bola de neutrones supercomprimidos girando a gran velocidad rodeada de una nube de gases diversos (una estrella de neutrones, o pulsar), o bien, si la estrella era muy grande, un hoyo negro. El abismo.

Ha corrido el rumor por internet de que Betelgeuse está "a punto" de explotar. Betelgeuse está a 640 años luz de nosotros, una distancia relativamente pequeña (la galaxia de lado a lado mide unos 100,000 años luz). La supernova betelgeusiana será más brillante que la luna llena y se podrá ver en pleno día durante dos o tres semanas, como si hubiera dos soles (aunque uno de ellos muy pequeño visualmente). Será muy bonito cuando ocurra. El rumor surgió al parecer a partir de ciertas observaciones de Betelgeuse que muestran que la estrella se ha reducido en los últimos años. Aunada a la histeria ambiental causada por la tontería del Armageddón maya, esta información dio lugar a historias de terror en que la explosión de Betelgeuse afectaba la vida en la Tierra. Según este rumor, se esperaba la explosión de Betelgeuse en cualquier momento.



Por suerte, aunque Betelgeuse está cerca, no lo está tanto que su explosión pueda afectarnos más allá de   ofrecernos el espectáculo de un segundo sol durante unas semanas. Por mala suerte, lo que han dicho algunos astrónomos es que Betelgeuse podría estallar mañana... o cualquier día en el próximo millón de años. Eso es lo que quiere decir "a punto de" para una estrella. Nuestros modelos del colapso gravitacional de las estrellas no nos permiten predecir exactamente el momento de la explosión, sólo la probabilidad de que ocurra, y como pueden ver, la probabilidad de que ocurra "pronto" en el sentido cotidiano es muy baja. Lástima.

(PD: en inglés se ha puesto de moda pronunciar el nombre de esta estrella "Beetlejuice", pero como el nombre es originalmente árabe -y quiere decir "la mano de Jauzá", personaje mitológico-, en español lo más razonable es pronunciarlo tal cual se escribe: beteljeuze.)