martes, 19 de agosto de 2014

Chamacos méndigos

Usted ha oído hablar de los niños índigo, esos seres de luz cuántica hiperluminiscente y monocromática que vienen a rompernos los paradigmas. Ahora los científicos John April y George Fool, del Laboratorio Místico Cuántico de la Universidad de Arkham, han descubierto una categoría vibracio-espiritual superior a los niños índigo: los chamacos méndigos.
Los chamacos méndigos, según April y Fool, son seres de luz muy sensibles y vienen al mundo con la misión de poner a prueba nuestra paciencia y cordura, pero sólo para hacernos más tolerantes e instaurar así el reino de paz en el mundo. Aunque los chamacos méndigos son almas puras y bondadosas, llenas de luz, nunca se comen el desayuno, siempre se dejan la carne, no hacen la tarea, muerden a sus compañeritos de escuela y patean a la maestra, profiriendo insultos de operario de combi. Suelen reprimir sus emociones y no decirle nada bonito a nadie —antes bien todo lo contrario— porque, en su inmensa sensibilidad y luminiscencia, saben que pronto tendrán que partir a cumplir su misión cósmica y les duele pensar en lo tristes que nos pondríamos cuando se vayan si llegáramos a encariñarnos con ellos. Eso puede hacer que parezcan antipáticos, maleducados e insoportables, pero hay que tenerles paciencia porque son seres de luz. April y Fool, descubridores del fenómeno, recomiendan a los padres de chamacos méndigos usar sus habilidades intuitivas para sintonizarse con la energía de estos niños y crear ondas cuánticas supercoherentes en estados enredados de Einstein-Podolsky y Rosen de pura bondad infinita, consejo súper práctico que no dudo que aprovecharán muchos de mis lectores.
Lo que sigue es una grabación auténtica, registrada con micrófonos ocultos en la casa de una familia con un chamaco méndigo. Esta grabación puede servirles a los padres como muestra de lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer con estos seres llenos de luz y sabiduría:

Padre: Querida, el niño acaba de provocar un corto circuito que fundió los fusibles de todo el edificio. Metió los dedos en el enchufe.
Madre: ¿Otra vez? ¡Ay, que muchachito tan picarón!
Padre: ¿No crees que sería hora de decirle algo, no sé, un regañito muy chiquito, por ejemplo?
Madre: No seas bruto, Ramiro. Es un ser de luz. Es natural que quiera meter los dedos en la toma de corriente, y si les causa pequeños incovenientes a los vecinos, todo es por el reino de paz que se avecina.

Padre: Querida, el niño acaba de matar al perro.
Madre: ¡Qué inmensa bondad! Seguro que, con su clarividencia, vio que al perro el destino le deparaba mucho dolor y decidió ahorrarle el sufrimiento a la pobre bestezuela.
Padre: No se lo ahorró: se lo adelantó.
Madre: Pero, a ver, ¿está sufriendo el perro?
Padre: Ya no.
Madre: ¿Ves?

Padre: Querida, el niño acaba de saltar por la ventana. ¿Llamo a la ambulancia?
Madre: No. Sin duda ya había llegado su hora de partir en misión cósmica de pacificación.
Padre: No, pos ahora sí va a haber paz…por lo menos en esta casa.
Madre: ¿Qué dijiste, Ramiro?
Padre: Nada, querida.


April y Fool han observado que, con la llegada de los niños índigo, y sobre todo de los chamacos méndigos, cada vez hay menos niños maleducados. Esto puede deberse a la misión de paz y de luz de estos enviados de los dioses… o simplemente, como dicen algunos descreídos malditos, a que los padres somos capaces de inventarnos cualquier justificación, por tonta que sea, con tal de no reconocer que nuestros hijos son un asco.

viernes, 8 de agosto de 2014

De piedras italianas a cráter mexicano

La semana pasada les mostré las piedras de los estratos del periodo Cretácico y el posterior periodo Daniano que me dio el paleontólogo Jan Smit en el cañón del Bottaccione, en Italia. En la formación rocosa de donde las tomamos la paleontóloga Isabella Premoli Silva encontró en 1962 una catástrofe microscópica: una extinción masiva y abrupta de especies de organismos llamados foraminíferos que flotan en las aguas del mar. Entre los dos estratos Isabella Premoli encontró una misteriosa capa de arcilla oscura sin fósiles.

Tratando de determinar cuánto tiempo representaban los dos centímetros de espesor de la capa de arcilla, el geólogo Walter Alvarez y sus colaboradores, en los años 70, encontraron otro misterio: una altísima concentración del metal iridio, que es poco común en la superficie de la tierra, pero muy común en las rocas espaciales. Después de descartar trabajosamente otras explicaciones, Alvarez y compañía concluyeron que la capa de arcilla iridiada del cañón del Bottaccione está hecha de los restos pulverizados de un meteorito de unos 10 kilómetros de diámetro que chocó contra la tierra hace 65 millones de años. En un artículo publicado en 1980 proponen que el polvo que se esparció por todo el mundo oscureció y enfrió el planeta durante varios meses, lo que llevó a la extinción a todas esas especies de foraminíferos, a los dinosaurios y a muchas especies más que desaparecieron a fines del periodo Cretácico.

Pero los paleontólogos y los geólogos no les creyeron. En primer lugar, estaban acostumbrados desde el siglo XIX a que los acontecimientos importantes de la historia del planeta siempre fueran graduales, jamás abruptos. En segundo lugar, ¿dónde estaba el cráter que dejaría el tremendo impacto que proponían Alvarez y sus amigos?

En otro lugar muy distinto -y en otro ámbito profesional- en 1978, Petróleos Mexicanos emprendió una amplia campaña de prospección petrolera. Antonio Camargo y Glen Penfield fueron a Yucatán a explorar el subsuelo desde fuera con métodos magnéticos. En particular, querían saber qué era una misteriosa estructura enterrada que otros geólogos petroleros habían vislumbrado en los años 40 usando mediciones de la gravedad local. Camargo y Penfield detectaron una anomalía magnética aproximadamente circular, de unos 200 kilómetros de diámetro: un cráter de impacto muy antiguo, sepultado por la sedimentación de millones de años.

Durante los 80 ardió el debate de la extinción por impacto. Además de la  falta de cráter, a Alvarez y sus colaboradores se les objetaba que los fósiles de dinosaurio iban desapareciendo gradualmente en los estratos geológicos hasta que, a fines del Cretácico, no quedaba ninguno, lo que indicaba que se habían extinguido poco a poco y no abruptamente. Pero en 1982 Philip Signor y Jere Lipps demostraron por medio de un análisis estadístico que hasta la extinción más abrupta de organismos grandes parecería gradual en el registro fósil. Cuando otros investigadores se pusieron a buscar evidencia de que las especies que parecían apagarse poco a poco en realidad sí habían durado hasta el último momento, la encontraron y se disipó esta objeción. Otros alegaban que debería haber indicios de tsunamis de 100 metros en algún lugar. A fines de los 80 se encontraron esos indicios en Texas, Tamaulipas, Nuevo León, Cuba y Haití. En 1990, el geólogo canadiense Alan Hildebrand se dijo que el impacto tendría que haber ocurrido por ahí, en la región del Golfo de México, y se puso a escarbar entre todo lo escrito acerca de geología de esa región... hasta que dio con el informe de Camargo y Penfield.

Hildebrand se reunión con los geólogos petroleros y en 1991 publicaron juntos (y con otros colaboradores) un artículo que hoy se considera clásico en el que reúnen muchas pruebas de que el cráter mexicano de Camargo y Penfield tiene todas las características que se esperarían del impacto que propusieron Alvarez y sus colaboradores en 1980 a partir de las piedras italianas. Con el cráter en mano, y sobre todo con la investigación que llevó a cabo en el cráter la UNAM durante los años 90, la hipótesis de impacto fue ganando adeptos. Aunque el debate no está totalmente zanjado, hoy la hipótesis de Alvarez es la que ha generado más consenso.

viernes, 1 de agosto de 2014

Un divulgador y un compositor en la transición K/T

Es hora de retomar este blog tras una ausencia larga. Estuve en Italia con una beca de la Fundación Civitella Ranieri de Nueva York para una estancia en un castillo del siglo XV donde conviví con un grupo de artistas de varias disciplinas y países mientras cada quien trabajaba en lo suyo (y luego les digo en qué estuve trabajando yo).

El castillo de Civitella Ranieri, Umbria, Italia (¡foto del autor!)
Muchas ideas científicas tienen lugar de origen. No me refiero a la universidad donde trabajaban sus creadores, sino a sitios que fueron importantes para el desarrollo de la idea; por ejemplo, lugares donde se encontró la evidencia más elocuente. Así, la teoría de la evolución por selección natural se relaciona con las islas Galápagos, cuyas especies endémicas (sobre todo las tortugas y unos pajaritos llamados pinzones) proclaman a gritos que los organismos del presente son modificaciones de los organismos del pasado, moldeadas por el entorno.

Los dinosaurios se extinguieron por culpa de un meteorito; esa idea también tiene un lugar de origen: el Cañón del Bottaccione, situado en los montes Apeninos, a espaldas de la ciudad de Gubbio, Italia. Ahí se encuentran afloramientos de estratos geológicos que se depositaron en las profundidades de un antiguo mar y luego emergieron y se deformaron con la rotación de la península italiana y la formación de los Apeninos. Junto a una estrecha carretera flanqueada por riscos abruptos hay una playa de estacionamiento para emergencias. En la pared de roca se ven claramente unos estratos geológicos blancos y rojos inclinados unos 45 grados. Las rocas del Cañón del Bottaccione se desmoronan con facilidad. Una red de alambre cubre la pared de roca para detener las lajas de piedra que se desprenden todo el tiempo. Detrás de las mallas hay un letrero oxidado que dice "sitio de importancia científica": aquí se descubrió la primera evidencia del impacto que acabó con los dinosaurios y muchas otras especies de plantas y animales hace 66 millones de años.

Faltando unas semanas para irme a a Italia se me ocurrió preguntarme dónde quedaba Gubbio. Pensando que sería lejos de mi castillo, busqué en Google Maps. Sorpresa: Gubbio estaba a escasos 30 kilómetros. ¡Tenía que ir a ver los estratos de la cañada del Bottaccione! Sería imperdonable no ir estando tan cerca, ¿cuándo se iba a repetir semejante oportunidad?

Fue hasta la última semana que pude organizarme para ir. Tenía las coordenadas de uno de los sitios de donde tomaron muestras Walter Alvarez y sus colaboradores en los años 70 (de hecho, las coordenadas las saqué del artículo de 1980 en el que Alvarez y sus colaboradores proponen la hipótesis de impacto a partir de la evidencia de los estratos). Había ido a Gubbio con mis compañeros de beca hacía unos días, pero no quise machacar con mis estratos geológicos más de lo necesario (íbamos a conocer la ciudad, que existe desde tiempos del imperio romano y es impresionante). Me limité a mirar por ahí y distinguir a lo lejos el caminito que se metía entre dos abruptas montañas donde yo sospechaba que se encontraba el objeto de mi peregrinación. Esa semana decidí jugarme el todo por el todo, y armándome de valor, busqué la dirección de correo electrónico de Walter Alvarez. No es nada difícil encontrar los datos de un científico, por famoso que sea: generalmente están en las páginas web de sus universidades y muchas veces en los artículos que publican. Me presenté como escritor científico de visita en Italia y con interés en la "transición K-Pg", como se llama técnicamente a la capa de arcilla oscura que estudiaron Alvarez y sus colaboradores. Le solicité simplemente que me recomendara alguien en Gubbio que pudiera indicarme adónde ir. No pedía yo más. Pero Walter Alvarez contestó con generosidad y calidez: le encantaría poder llevarme personalmente, pero no se encontraba en Gubbio; por suerte, por ahí andaba de vacaciones su amigo Jan Smit (codescubridor de la evidencia del impacto y la extinción abrupta), ¡que con mucho gusto me acompañaría! Quedé con Smit para el lunes 21 de junio a las 11 de la mañana en un restaurante llamado Osteria del Bottaccione, famoso entre los geólogos por encontrarse a unos pasos del afloramiento más conocido.

Ahí estaba yo ese día, pese a que soplaba un ventarrón helado y empezaba a llover (y la hostería estaba cerrada). Me acompañó mi compañero de beca y nuevo amigo, el compositor brasileño Alexandre Lunsqui, que estaba muy interesado en la historia de las piedras, sobre todo porque su esposa es geóloga (Alex le había comentado que estuvo en Gubbio la primera vez que fuimos y ella le había reclamado por no ir a ver los estratos geológicos). Jan Smit llegó con su esposa, la historiadora Jesse Bos. Caminamos hasta el afloramiento mientras Smit nos explicaba que con cada paso estábamos recorriendo miles de años de sedimentación.

Jan Smit y Alex Lunsqui caminando hacia el afloramiento de la transición K-Pg (antes K/T). A la derecha se ve la pared de estratos geológicos levantados por los movimientos tectónicos de Italia. Cada paso equivalía a unos 250,000 años a lo largo de la pared.
Los estratos del Cañón del Bottaccione son famosos entre los geólogos por lo bien conservados que están: en la cañada se pueden examinar las páginas de una historia continua que va de hace unos 150 millones de años hasta hace unos 45 millones de años. Jan Smit es paleontólogo (estudia fósiles). Es el máximo experto mundial en los fósiles y la geología de la transición K-Pg, que ocurrió hace 66 millones de años. Al llegar al afloramiento famoso vemos una zanja muy profunda entre las piedras del periodo Cretácico y las de la era posterior. Jan Smit nos explica que los geólogos se han llevado muchas muestras de la capa de arcilla que contiene material del meteorito, por eso se ve hundida. Con su martillo de geólogo desprende pedacitos de roca de ambos estratos y nos explica que contienen fósiles microscópicos de faunas muy distintas. Con una lente de campo nos muestra los fósiles. Yo no los veo muy bien. Para empezar, tengo que ponerme los lentes para la vista cansada, y además está empezando a hacer más frío y a llover más fuerte, pero me imagino que los fósiles están ahí. Ése fue el primer indicio que se encontró de que entre el Cretácico y la era Terciaria (hoy llamada Paleógeno) había ocurrido una extinción masiva y abrupta.

El profesor Smit le muestra los microfósiles a Alex Lunsqui. Detrás de Alex se ve la zanja de la capa de arcilla que contiene material del meteorito. Hoy sabemos que ese meteorito cayó en lo que hoy es la península de Yucatán. El impacto tuvo efectos globales catastróficos para muchas especies. Walter Alvarez encontró la evidencia en este preciso lugar, en los años 70, y Jan Smit la encontró en España por la misma época.
Estoy escribiendo un artículo sobre esta experiencia y lo que nos platicó Jan Smit para la revista ¿Cómo ves? El artículo se publicará en diciembre, en el número de aniversario, y contendrá más fotos y más detalles. Este post es una probadita de ese divertidísimo día.

Piedras rotuladas por Jan Smit. En la primera, del Cretácico, hay microfósiles de una gran diversidad de especies de foraminíferos, organismos marinos de conchas calcáreas llenas de agujeros que forman parte del plancton y que al morir se depositan en el fondo del mar. En la segunda, después del impacto, la mayoría de esas especies ya no están. 
El autor, muy ufano, junto al martillo de geólogo de Jan Smit.

viernes, 2 de mayo de 2014

Barba o no barba, that is the question

Los cánones de belleza, tanto en animales como en humanos, a veces se explican así: lo que nos parece atractivo es, en el fondo, lo que indica buena salud o buenas aptitudes como proveedor. Así, se invoca la simetría facial y ciertas proporciones corporales como señal de salud y la anchura de espaldas (en los varones) como signo de un buen defensor y proveedor. Casi siempre son las hembras las que seleccionan y los machos los que compiten en el mercado reproductivo, por eso estas cosas se centran normalmente en la belleza del animal macho.

Pero si lo que consideramos atractivo es únicamente lo que señala aptitudes para dejar mucha descendencia y cuidar de ella, entonces esperaríamos que los cánones de belleza no cambiaran. En particular, llevaría a que todos los machos de una especie acaben viéndose igual (uno no puede evitar pensar en la moda, sobre todo entre los jóvenes), pero a veces no es así. Las hembras guppy (el pececito que todos tuvimos) prefieren machos con coloraciones diferentes. Ocurre lo mismo, al parecer, en otras especies: una tendencia a preferir lo distinto, no necesariamente lo mejor para la reproducción, como si las hembras prefirieran evitar lo conocido. El fenómeno incluso tiene nombre. Se llama selección negativa basada en la frecuencia.

La galanura de un animal está fatalmente determinada desde su nacimiento. Normalmente no cambia durante la vida. Pero los humanos podemos cambiar de look, es decir, manipular la selección sexual y usar la selección negativa a nuestro favor.

Las modas cambian. Esto sugiere que en las personas también opera el mecanismo de selección negativa basada en la frecuencia: cuando se impone una moda, distinguirse por no seguirla puede hacernos atractivos. Para probarlo, Zinnia Janif, Robert Brooks y Barnaby Dixon, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, Australia, hicieron un experimento y publicaron los resultados en la revista Biology Letters. Los autores empiezan por evocar un estudio hecho en 1976 por el sociólogo D. E. Robinson. Robinson examinó las fotografías de hombres publicadas en la revista London Illustrated News entre 1842 y 1972. Observó que la cantidad de vello facial (barbas, bigotes, patillas) cambia en un patrón oscilante (podría haber cambiado al azar, pero no). Las patillas alcanzaron un máximo de popularidad en 1853, las patillas con bigote en 1877, las barbas en 1892 y los bigotes entre 1917 y 1919. Otro sociólogo llamado N. Barber usó los datos de Robinson en 2001 para demostrar que los hombres tienden a llevar barba cuando hay más hombres que mujeres en el mercado matrimonial (¿o será sólo sexual?). Esto sugiere que la pilosidad facial responde a la competencia sexual entre machos y no sólo a la moda ni a preferencias estrictamente culturales.

Janif, Brooks y Dixon querían ver si el gusto por los barbones seguía un patrón dictado por la selección negativa basada en la frecuencia, o sea, si las mujeres preferían patrones novedosos de vello facial y no un grado fijo de pilosidad. Para eso tomaron fotos de 36 varones con cuatro grados de pilosidad distintos: bien rasurados, con barba de cinco días, con barba de 10 días y con barba completa (de más de cuatro semanas). Luego reclutaron voluntarios por la página de Facebook del experimento (The Sex Lab) para calificar las fotos a través de una página web. Dividieron a los participantes en tres grupos que vieron series de fotos con 1) muchos hombres bien rasurados y pocos con barba, 2) muchos con barba y pocos bien rasurados y 3) una mezcla con proporciones iguales de barbones y lampiños.

Cuando lo raro era tener barba, los rostros hirsutos se juzgaron más atractivos, y vice versa: entre muchos barbones, los hombres bien rasurados o con barbita de pocos días fueron los preferidos. Los investigadores concluyen que el fenómeno de preferir lo insólito sí afecta los cambios de gusto de las personas. En particular, afecta las modas. Brooks sugiere, más allá del estudio, que las barbas se ponen de moda después de una crisis económica, pero eso está por verse. Una vez que se vea, habría que explicar por qué.

En general, a veces es más atractivo quien no sigue la moda, pero hay que tener cuidado con el timing: hay que esperar a que la moda esté bien establecida y empiece a aburrir, lo que puede ser tan difícil de adivinar como saber cuándo comprar y cuándo vender en la bolsa.

viernes, 28 de marzo de 2014

Arquímedes con plumas

Hace unos 2500 años Esopo escribió la historia de un cuervo sediento que encontró una jarra de agua. Trató de meter el pico por la boca de la jarra, pero no alcanzaba el agua. El cuervo empezó a echar piedritas hasta que subió el nivel del agua y pudo beber. Estas cosas siempre tienen moraleja, y la de esta historia podría ser "cría cuervos y se beberán tu agua".

O bien "el cuervo no es como lo pintan: es más listo", como tantos animales. Porque resulta que ciertas especies de cuervo son perfectamente capaces de hacer lo que describe Esopo, como demostraron el bien llamado Christopher Bird y su colega Nathan Emery, de la Universidad de Cambridge y la Universidad Estatal de Nueva Jersey, respectivamente. En un artículo publicado en 2009 en la revista PNAS ("Proceedings of the National Academy of Science"), Bird y Emery ponen cuervos de cierta variedad a tratar de extraer un pedazo de comida que flota en un recipiente delgado con agua. Los animales no tardan en dar con el método de las piedritas, lo que sugiere que entienden el desplazamiento de los fluidos. La especie que usaron Bird y Emery no usa herramientas en su hábitat natural mas sí en el laboratorio (las aves también dieron en hacer ganchos con trozos de alambre para extraer unos recipientes con asa que contenían un gusano). Esto pone en entredicho la idea común de que una especie que no se vale de herramientas en su hábitat no es tan inteligente. En un estudio posterior al de 2009 Bird y Emery muestran que los cuervos favorecen las piedras grandes, lo que sugiere que saben que éstas serán más eficaces que las pequeñas, y no echan piedras si el recipiente de la comida contiene arena en vez de agua, lo que indica que entienden que sería inútil.

Para ver si los cuervos entienden el desplazamiento de los fluidos a un nivel causal más profundo, un equipo de investigadores de Nueva Zelanda y el Reino Unido dirigido por Sarah Jelbert llevó a cabo experimentos con cuervos de Nueva Caledonia. Sus resultados están publicados en la revista PLOS ONE. Jelbert y sus colaboradores usaron seis animales, pero no todos participaron en todas las actividades; dos de los cuervos nunca se interesaron mucho resolver la situación en la que los ponían los investigadores. El objetivo era probar las habilidades cognitivas de estas aves más detalladamente que Bird y Emery y para eso, el equipo sometió a los pájaros a seis experimentos. En el primero había que sacar un pedacito de carne pegado a un corcho de un tubo de agua y otro de arena. Todos los cuervos prefirieron el de agua después de unos cuantos intentos. Luego les ofrecieron objetos que flotan y objetos que se hunden, y los cuervos no tardaron en entender que los que se hunden funcionan mejor. En seguida les ofrecieron objetos de pesos similares, pero formas distintas: unos de más volumen que otros; los animales prefirieron los de mayor volumen. Hasta aquí parece que los cuervos de Nueva Caledonia son unos verdaderos Arquímedes emplumados.

Entonces los investigadores les pusieron un tubo delgado y uno más grueso. Los cuervos no mostraron preferencias: echaban sus piedritas en el delgado y en el grueso indistintamente, sin darse cuenta de que el tubo delgado ofrecía un camino más corto para obtener la recompensa. El experimento se iba complicando. En la siguiente etapa los animales tuvieron que optar por echar piedras en un tubo delgado con muy poca agua y uno grueso con mucha agua, situación confusa, porque, en igualdad de circunstancias, habría que preferir el tubo delgado puesto que es más fácil hacer subir el nivel del agua, pero en este caso el tubo grueso con mucha agua podría ofrecer el camino más corto. Es más: los investigadores le pusieron al tubo delgado tan poca agua, que era imposible hacer subir el nivel lo suficiente para sacar la comida con el número de piedras que los animales tenían disponibles.  Las aves empezaban probando con el tubo delgado, pero no tardaban en darse cuenta de que era mejor el grueso.

Finalmente, los investigadores pusieron a los cuervos en una situación tan compleja, que ni los niños pequeños pueden resolver antes de los 7 u 8 años: tres tubos, en uno de los cuales flota la recompensa. Sin saberlo los cuervos (ni los niños cuando se hace con esa especie), uno de los tubos laterales está conectado con el central que contiene la recompensa y el otro no. La complicación consiste en que en este caso hay que echar piedras en un tubo que no es el que contiene el alimento, y además hay dos opciones, una de las cuales no funciona. Los niños en este experimento primero eligen el tubo correcto y luego infieren la conexión oculta. Los cuervos, en cambio, nunca entendieron nada. Cerebros de pájaro.

Jelbert y sus colaboradores concluyen que los cuervos entienden muchos aspectos del desplazamiento del agua a nivel de causas. Los investigadores sugieren que estas aves fallan en lo que fallan porque entienden mejor las propiedades de las herramientas que usan que las propiedades de los objetos a los que las aplican.

Otra conclusión, que no está en el artículo de Jelbert y amigos, es que no era invento todo lo que cuenta Esopo en sus fábulas.


viernes, 21 de marzo de 2014

Pruebas de la inflación (cósmica)

El lunes un equipo de 47 investigadores de varios países dirigidos por John Kovac, del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian, anunció un descubrimiento que enloqueció a los cosmólogos, físicos expertos en gravedad, científicos dedicados a las teorías de unificación... y a sus muchísimos competidores que estaban en la misma búsqueda desde hace más de 10 años.

Kovac y sus colaboradores operan un instrumento llamado BICEP2 que está montado en una antena situada en el polo sur. Es el segundo "polarímetro de microondas" que construyen desde 2006. El instrumento peina una región pequeña del cielo midiendo diminutas diferencias de temperatura (de una millonésima de grado) en la luz más antigua del universo: la radiación cósmica de fondo, que se generó 380,000 años después del Big Bang cuando la espesa sopa de partículas y radiación que era entonces el universo se aclaró lo suficiente para que la luz pudiera transitar con libertad sin ser absorbida. La radiación de fondo se detectó por primera vez hace 50 años y se considera la prueba más convincente del Big Bang.

En el polo sur hay otra antena con los instrumentos de otro equipo llamado South Pole Telescope, en Chile opera otro más y en el espacio está desde hace cinco años el satélite Planck de la Agencia Espacial Europea. Todos estudian la radiación de fondo en busca de lo mismo: una señal particular, muy tenue, que debería haber quedado impresa en esa radiación si en los primeros instantes del universo éste se expandió del tamaño de un átomo al de un balón de fútbol en un tiempo brevísimo. Ese crecimiento explosivo e instantáneo, llamado inflación cósmica,  es necesario para explicar, entre otras cosas, por qué vemos hoy un universo que es al mismo tiempo inimaginablemente grande y muy parejo en todas direcciones. Lo propusieron en los años 80 Alan Guth y Andrei Linde, principalmente. La hipótesis inflacionaria sirva tan bien para explicar las dificultades del modelo original del Big Bang, que desde hace 30 años forma parte de nuestra teoría del origen del universo.

Pero no había pruebas directas de la inflación cósmica más allá de su poder explicativo. Por eso también hay alternativas, como el "universo ekpirótico" de Paul Steinhardt y Neil Turok. En este modelo el universo que vemos resurge cíclicamente de la colisión repetida de dos universos paralelos, sin inflación y sin momento inicial de densidad infinita (por lo demás, predice lo mismo que el modelo estandarizado del Big Bang).

Kovac y sus colaboradores recogieron datos durante tres temporadas entre 2010 y 2012 y luego los analizaron durante varios meses. Para octubre de 2013 ya estaban convencidos de que habían detectado la famosa señal impresa en la radiación de fondo, llamada modos B de polarización. La señal se debería ver como remolinos en la polarización de la radiación de fondo (la polarización es la dirección en la que vibran las ondas de luz), como si la viéramos en el fondo de una alberca. Estos remolinos y ondulaciones se deben a las ondas gravitacionales que generó el cataclismo inflacionario.

Se sabe por lo menos desde 1958 que el Big Bang debería de haber producido vibraciones del propio espacio llamadas ondas gravitacionales, y desde hace 20 o 30 que la inflación de Guth y Linde también. Las ondas gravitacionales primordiales deberían de haber dejado una huella impresa en la radiación de fondo de 380,000 años después. Así pues, encontrar los famosos modos B de polarización en la radiación cósmica sería como hacer el uno dos... o incluso el uno dos tres:

1) Sería prueba de que existen las ondas gravitacionales, predichas desde 1915 por la teoría general de la relatividad de Einstein, pero hasta el momento jamás observadas directamente pese a grandes esfuerzos desde hace décadas

2) También sería prueba de la inflación, y favorecería a Guth y Linde sobre Steinhardt y Turok y su universo ekpirótico

3) Por si fuera poco, al parecer también sería prueba de que la gravedad sí cumple las reglas de la mecánica cuántica y por lo tanto debería poderse unificar con las otras fuerzas fundamentales de la naturaleza

Aquí había en juego premios Nobel por montones. Después de mucho ordenar sus datos y escribir varios artículos largos para explicar la operación del BICEP2, el protocolo de recopilación de datos, el análisis y la interpretación de los resultados, la Colaboración BICEP2 (nombre del equipo de Kovac) se decidió a hacer público el resultado, con lo que les comió el mandado a sus competidores.

O se lo comerá. Falta que todo esto se compruebe. En asuntos de esta importancia no basta el resultado de un equipo de investigación, por sólido que parezca, para convencerse por completo. Los otros equipos que andaban en pos de los modos B de la radiación cósmica ahora tienen que ver si obtienen lo mismo que Kovac y sus colaboradores. Nadie está dando brincos y gritando "¡Gusanos! ¡Los hicimos morder el polvo de la derrota!" Pero si los otros equipos confirman el resultado (y la predicción de los entendidos es que lo harán) es premio Nobel casi seguro para Guth y Linde y para la Colaboración BICEP2. Veremos en octubre.


viernes, 7 de marzo de 2014

Ciencia instantánea

Mi trabajo como comunicador de la ciencia es interpretar y comentar la investigación científica y los acontecimientos del mundo de la ciencia. ¿Todos? No: sólo los que 1) me interesan y creo que pueden interesarle al público y 2) creo que puedo entender suficientemente bien para dar una explicación significativa. La dificultad principal es que, a diferencia de un comentarista de deportes como Pablo Carrillo, yo no puedo suponer que mi público se sabe las reglas del juego ni conoce su lenguaje. La investigación científica se expresa en lenguajes súper especializados. Cada disciplina científica tiene su propio dialecto.

El lenguaje especializado tiene la ventaja de ser compacto y preciso y la desventaja de que sólo lo entiende quien lo ha estudiado durante años: se gana en eficacia comunicativa pero se pierde en difusión. De ahí se desprenden 1) la necesidad de intérpretes y críticos como su seguro servidor, 2) la impresión común de que los especialistas en ciencias despepitan pura palabrería sin significado real y 3) la ilusión (y tentación) de forjarse una reputación científica despepitando pura palabrería sin significado real.

En 1996 el físico estadounidense Alan Sokal decidió que ya bastaba de tonterías: según él, en ciertas disciplinas académicas de las ciencias sociales (especialmente los "estudios culturales") el lenguaje técnico había degenerado en cháchara hueca (o quizá siempre lo había sido, sin pasar por el estado de lenguaje técnico de verdad). Para demostrarlo, Sokal redactó un artículo perfectamente absurdo pero eso sí: repleto de expresiones y términos muy de moda en el ámbito de los estudios culturales, y lo envió a una prestigiosa revista del gremio llamada Social Text.

Se supone que las revistas académicas tienen filtros muy estrictos para publicar. El más importante y sagrado es la "revisión por pares": el texto es analizado por expertos independientes que deciden si es original, importante y coherente. La revisión por pares es deber y orgullo de las publicaciones académicas... y el pretexto para cobrar unas cuotas de suscripción estratosféricas, que normalmente pagan las instituciones de investigaciones, no los individuos.

El texto de Sokal fue publicado y con esto, según él, quedó demostrado que las ciencias sociales posmodernas son pura palabrería hueca. La idea, claro, es que eso sería imposible en el ámbito de las ciencias naturales y sus derivados...

En 2005 Jeremy Stribling y otros estudiantes de posgrado del MIT en ciencias informáticas diseñaron un programa que genera falsos artículos de investigación tomando al azar términos técnicos y palabrejas domingueras de la disciplina. Con su juguetito, llamado Scigen, generaron un artículo y lo enviaron como ponencia a un congreso internacional. Los congresos, como las revistas, también tienen revisión por pares y la cobran. El artículo fue aceptado. Luego Stribling y sus amigos pusieron su generador de cháchara científica gratis en internet... y abrieron la caja de Pandora.

El año pasado Cyril Labbé, de la Universidad Joseph Fourier de Grenoble, Francia, detectó cientos de artículos generados con Scigen en las publicaciones de la importantísima editorial científica Springer de Alemania y del Instituto de Ingenieros Electricistas y Electrónicos de Estados Unidos (IEEE). También los  detectó en memorias de congresos. Esto ha sido muy vergonzoso para las revistas y congresos que se supone que tienen revisión por pares, pero también sugiere algo más inquietante: Jeremy Stribling y sus amigos lo hicieron de broma y para probar el sistema de publicación científica (casi como un servicio, pues), pero ¿cuántas personas no habrán usado Scigen para forjarse credenciales académicas falsas?

Cyril Labbé desarrolló un programa de computadora para detectar texto generado por Scigen y Springer y el IEEE ya han retirado los artículos falsos, pero ¿cómo llegaron a publicarse en revistas de ciencias "duras" con revisión por pares? (¡Tómala, Alan Sokal!)

Hay quien piensa que Sokal es un héroe por haber desenmascarado a los estudios culturales. Otros piensan que no les hizo ningún favor ni a la ciencia ni a otras disciplinas académicas. Lo mismo pasará ahora con Jeremy Stribling y los otros autores de Scigen. Su broma reveló un problema muy importante en el mundo académico (qué bueno), pero también potenció el problema poniendo Scigen a disposición no sólo de otros bromistas (y hay muchos), sino de personas sin escrúpulos, que las hay en todas las profesiones.