viernes, 11 de noviembre de 2016

Para qué sirven los editores en la divulgación de la ciencia

Artículo publicado en el libro Hacia dónde va la ciencia en México: Comunicación pública de la ciencia. II. El oficio, Elaine Reynoso (coordinadora), CONACYT, Academia Mexicana de Ciencias y Consejo Consultivo de Ciencias.

Colaboradores fantasma: los cuidados editoriales en la comunicación pública de la ciencia

Escribir es de humanos, editar es de dioses.
--Stephen King, On Writing

Todos los comunicadores de la ciencia sabemos escribir porque fuimos a la escuela. Si no fue en primaria, fue en secundaria, en preparatoria o de plano en la universidad, pero al final todos aprendimos buena ortografía. Así pues, todos sabemos escribir. Si, además, nos dedicamos a la investigación, estudiamos una carrera científica o hemos leído mucho del tema, también sabemos de ciencia (por ejemplo, podemos recitar las tres leyes de Newton y sabemos que el número atómico del protactinio es 91). Por lo tanto es trivial la labor de correctores y editores, las personas que se dedican a preparar nuestros textos para publicación: sólo tienen que restituir los acentos que se nos olvidaron por ahí y enmendar los errores de dedo que cometimos al teclear, y eso lo puede hacer cualquiera que haya ido a la escuela (es más: lo puede hacer una máquina).
         Esta idea simplista del trabajo de edición y corrección en la comunicación de la ciencia está más extendida entre los propios comunicadores de la ciencia de lo que cabría esperar de una comunidad culta e inteligente como la nuestra. Viniendo, además, de un gremio que aún batalla para darse a respetar como comunidad de profesionales serios, es todavía más sorprendente por ser ejemplo del mismo desconocimiento que les reprochamos a los legos que menosprecian nuestro trabajo. La visión ingenua de las labores editoriales en la comunicación de la ciencia se funda en dos malentendidos: 1) que saber escribir no va mucho más allá de tener buena ortografía y pasable sintaxis , y 2) que la ciencia se reduce a sus resultados. Quizá tres malentendidos: 3) que el público está obligado a interesarse en la ciencia, se le presente como se le presente, porque la ciencia es muy importante. El editor y el corrector se vuelven así personajes casi parásitos, o en el mejor de los casos, superfluos.
         Pero hasta los resultados científicos más sólidos y descritos con impecable ortografía  son perfectamente inútiles como comunicación de la ciencia si nadie los lee, y contraproducentes si alguien los lee, pero padece la lectura como si fuera un martirio porque el texto es aburrido e incomprensible. Otra posibilidad es que se lea el texto, pero que el mensaje que extrae el lector no sea el que pretendía el autor. Como un niño que lleva a pasear con correa a un gran danés inquieto, el autor poco avezado en escribir con elocuencia  no gobierna el significado de sus palabras, que lo llevan por donde no quiere ir. Por ejemplo, un texto que nos explica las leyes de Newton con pedantesco detalle puede transmitir la idea de que el autor es un pedante, y un texto incomprensible y aburrido puede clamar a gritos que el autor menosprecia al lector, o que es incapaz de comunicarse eficazmente. Hace poco me topé con un autor que hacía referencia a las técnicas metalúrgicas de “los españoles del siglo II”. Hablar de españoles en el siglo II es como decir “la UNAM en el siglo XIX” o “Vladimir Putin, presidente de la Unión Soviética”. De metalurgia el autor probablemente sabía mucho, pero el burdo anacronismo muestra que de historia no tanto. Otro autor insistía en poner frases con signos de admiración cada tres renglones (“¡Sí! ¡Leíste bien!”, le decía con forzado entusiasmo a su pobre lector). Era su idea de transmitir asombro, pero en vez de asombro transmitía exasperación, esa incomodidad que sentimos cuando no sabemos cómo decirle a nuestra abuelita que ya no tenemos cuatro años. Su falso entusiasmo se leía como un insulto a la inteligencia del lector, y tampoco decía nada halagüeño del autor.
         En resumen, la ciencia, el autor y el lector pueden salir muy mal parados de un texto escrito con excelente ortografía e intachables conocimientos de ciencia, pero con deficiencias de cultura general y sensibilidad y con desconocimiento de técnicas de escritura y divulgación que van mucho más allá de poner los acentos donde se debe y saber que el número atómico del protactinio es 91. El corrector y el editor están para cuidar la buena imagen del autor, de la ciencia y de la revista o página web donde aparece su texto.
         Pero, sobre todo, están para velar por la satisfacción del lector.
         A veces la labor de poner guapo un texto para la página impresa es como maquillar a una señora ni fu ni fa para que luzca en el baile, lo que ya tiene su chiste, pero otras veces se parece más a la cirugía maxilofacial reconstructiva.
         Tengo ante mí un texto para corregir (trabajo en la revista ¿Cómo ves?, de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, pero lo que diré aquí está dicho como opinión personal, no como postura oficial de la revista). Necesito cuidar que la información sea correcta y pulir la ortografía y la sintaxis, claro, pero sobre todo necesito convertirlo en una experiencia de lectura placentera. El lector no paga una suscripción ni va hasta el puesto de periódicos para que lo torturemos. La ciencia es muy importante, pero no tanto como para flagelarse por ella. La lectura, en el caso ideal, debería ser como un sueño vívido y continuo que aferra al lector y no lo suelta, que lo lleva por lugares exóticos y le muestra rincones del mundo en los que se guardan grandes secretos, que lo hace sentir asombro, indignación, miedo, compasión, nostalgia… Frente a mí, en cambio, tengo un árido texto repleto de términos técnicos y anglicismos que enumera resultados científicos sin explicarlos, redactado en un tono impersonal y distante, con referencias a publicaciones a las que mi lector no tiene acceso y, sí: con mala ortografía y peor sintaxis. Podría ser algo así:

Científicos americanos han encontrado evidencia de que la extinción que vivieron los dinosaurios, fue producida cuando la Tierra fue golpeada por un meteoro (Alvarez et al., 1980). En estratos geológicos alrededor del mundo habían altos niveles de iridio. El iridio es un metal de transición de número atómico 77 que se sitúa en el grupo 9 de la Tabla Periódica. Ello sugiere que la Tierra fue golpeada por una gran roca de billones de toneladas que sus pedazos, se esparcieron por todo el mundo provocando destrucción y muerte, bloqueando la luz del astro rey por meses o años y deteniendo la fotosíntesis, mismo que llevó a que colapsaran las cadenas tróficas. El cráter producido por el meteoro se encuentra en Yucatán (Hildebrand et al., 1991).

         Ahora entiendo a Henry Gee, editor de Nature, quien en 2004 escribió que desenmarañar la prosa enrevesada de muchos científicos es tan frustrante como tratar de pelar plátanos con guantes de box. Claramente, el autor no se tomó la molestia de averiguar quién es el lector de la revista ni qué busca cuando la lee. Quizá simplemente escribió como siempre escribe para sus colegas pensando, como tantas personas acostumbradas a expresarse en una jerga técnica, que ésa es la mejor manera de exponer su tema en cualquier situación. Pero como dice la periodista Deneen L. Brown en un contexto ligeramente distinto, un artículo es una solicitud de ingreso a la mente del lector. El lector no tiene por qué invitar a pasar a un pelmazo. En cambio estaría encantado de invitar a pasar a alguien que le cuente historias de personas específicas, narraciones que lo tengan en suspenso porque le permiten hacer predicciones que a veces se cumplen y a veces no, cuentos de personajes que buscan lo que todos buscamos (reconocimiento, fortuna, amor, satisfacción personal, la verdad, la justicia…) y que enfrentan obstáculos que al final superan o no.
         Lo primero que puedo hacer es limpiar el terreno: corregir ese feo “habían” donde lo que toca es el verbo haber impersonal, eliminar los anglicismos (“alrededor del mundo”, “billones de toneladas”, “colapsar”), las palabras mal empleadas (“americanos”, “meteoro”), los lugares comunes (“la extinción que vivieron los dinosaurios”), los errores de puntuación (la coma después de dinosaurios), las cursilerías (“el astro rey”) y esa horrible retahíla de gerundios, así como las referencias académicas, que a mi lector no le sirven para nada:

Unos científicos estadounidenses han encontrado evidencia de que los dinosaurios se extinguieron a causa del impacto de un meteorito.

Lo que sigue no se entiende sin saber qué dice el artículo de Alvarez et al., de modo que voy y lo leo. Una vez que entendí a qué se refiere el autor con “altos niveles de iridio en estratos geológicos”, puedo enmendar:

La evidencia es el alto contenido de iridio que encontraron en una capa de arcilla descubierta en los años 60 entre los estratos geológicos del periodo Cretácico y los de la era Terciaria. El iridio no es común en la Tierra, pero sí en los asteroides y cometas. Como esta capa de arcilla iridiada se encuentra por todo el mundo, los científicos han concluido que proviene de un impacto que tuvo efectos mundiales. El asteroide posiblemente tenía unos 15 kilómetros de diámetro.

         Nótese que eliminé la mini lección de química sacada de la Wikipedia (”el iridio es un metal de transición…”), que ni se entiende ni aporta nada a la narración. (“Como toda persona que trata de agotar un tema, agotaba a sus oyentes”, dice Oscar Wilde de un personaje pedante en El retrato de Dorian Gray.) También he enriquecido el texto con información que no estaba en el original. Por cierto, hoy la era Terciaria ya no se llama así. Desde hace unos años los geólogos llaman Paleógeno al periodo posterior al Cretácico, pero parece que mi autor no se había enterado. Así pues, corrijamos: los estratos geológicos del periodo Cretácico y los del periodo posterior, hoy llamado Paleógeno y sigamos.

El polvo que levantó este impacto se esparció por toda la atmósfera y obstruyó la luz del sol durante varios meses. Las plantas no pudieron hacer la fotosíntesis, las temperaturas se desplomaron y muchas especies se extinguieron en poco tiempo. Tras muchos años de búsqueda, se ha encontrado en Yucatán un cráter que podría ser la huella de este impacto.

         El texto ha quedado más diáfano. Por si fuera poco, lo hemos mejorado actualizando los términos geológicos (Paleógeno por Terciario) y suavizando las afirmaciones categóricas para dar a entender que en la ciencia no siempre cabe la certeza absoluta. Así como está no quedaría mal en la sección de noticias de ¿Cómo ves?, pero todavía no me convence como para artículo extenso. En primer lugar, el texto está desierto: no menciona ni una sola persona específica. Las únicas referencias a personas son esos indeterminados “científicos estadounidenses” y esos impersonales “Alvarez et al.” y “Hildebrand et al.”.
         Para poder decir que comunicamos la ciencia tenemos que comunicar el proceso, no solamente los resultados. Como dice John Durant, profesor de comunicación pública de la ciencia, citado por Jane Gregory y Steve Miller en Science in Public, “el público necesita algo más que puros hechos [...] y más que imágenes idealizadas de ‘la actitud científica’ y ‘el método científico’. Lo que necesita, sin duda, es entender intuitivamente cómo opera en realidad el sistema social llamado ciencia para dar lo que, por lo general, es conocimiento confiable acerca de la naturaleza”. Gregory y Miller comentan:

Muchos científicos consideran que el déficit de comprensión pública de la ciencia se puede remediar aplicando dosis generosas de conocimientos científicos. Pero Durant alega que saber mucha ciencia no es lo mismo que entender la ciencia. Si bien los hechos pueden ser interesantes, y en sí mismos no tienen nada de malo, saberse los hechos no implica que se comprendan su significado, sus implicaciones ni su lugar en el panorama de la ciencia.

Así pues, no basta reportar fríamente lo que descubrieron “unos científicos”. Necesito saber quiénes son Alvarez, Hildebrand y sus respectivos et al. Necesito averiguar en qué universidad trabajan, dónde publicaron, qué datos tomaron y cómo los interpretaron, cómo fueron recibidos sus papers, quién se opuso a ellos y por qué. El tema del artículo debería ser éste, y no un hermético “descubrimiento” que deja al lector con la impresión de que los científicos encontraron el impacto por accidente y como por arte de magia.
         Esta maraña de ideas y personas sólo se puede presentar con claridad de una manera: en forma de narración o de historia. En los últimos años la forma narrativa se ha convertido en un procedimiento estándar en el género literario que en inglés se llama creative nonfiction, el cual abarca el periodismo de investigación, la divulgación científica literaria, la confesión, la autobiografía, la escritura de viajes, y, en general, todo lo que quepa dentro del lema true stories well told (“historias verdaderas y bien contadas” es como define este género la revista Creative Nonfiction). Se alega que la forma narrativa es una manera heurística de presentar y procesar información complicada acerca de las relaciones humanas, con todas sus implicaciones prácticas y emocionales. La narrativa transmite y vuelve memorables estas implicaciones con una fuerza que una simple enumeración de sucesos no tendría, por detallada que sea. Alguien ha observado que la diferencia entre una enumeración y una narrativa es que la primera dice “esto y esto y esto”, mientras que la segunda tiene la estructura “esto, luego esto y por lo tanto esto”. La narrativa muestra la conexión lógica y emotiva entre los sucesos que componen una historia.
         Hace poco leí un documento del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Se titula The Encyclopaedia of Ethical Failures y está encaminado a dictar pautas de comportamiento ético para los empleados del gobierno de ese país. En vez de una aburridísima enumeración de faltas a la ética y maneras de evitarlas, el documento presenta la información como casos concretos: el de la señora que tomaba llamadas de sus negocios personales a través de su número en el Pentágono, el del individuo que desviaba contratos gubernamentales a la empresa de su hermano y aceptaba en pago citas con prostitutas. El documento es una sabrosa colección de lo más negro de la naturaleza humana. Pero sobre todo, se lee con avidez y se queda grabado en la memoria porque está presentado en forma narrativa.
         Para transformar el texto que tengo en narración necesito convertir a los “científicos estadounidenses” en personajes de carne y hueso. Resulta que “los científicos” son el geólogo Walter Alvarez, su padre, el físico Luis Alvarez (premio Nobel 1968 por su trabajo en partículas elementales) y los químicos Frank Asaro y Helen Michel. El que los Alvarez de este artículo sean padre e hijo (¡y el padre premio Nobel!) me sugiere ya un montón de posibilidades narrativas en forma de preguntas: ¿cómo se llevan el padre físico y el hijo geólogo?, ¿qué aportó cada cual a la investigación?, ¿cómo interesó Walter a su padre en un problema básicamente geológico? Escarbando un poco en esta historia me entero de que Walter Alvarez originalmente se interesaba en poner a prueba la flamante teoría de la tectónica de placas usándola para demostrar que la península italiana había girado hasta su posición actual. ¿De dónde viene la tectónica de placas? ¿Cómo quería Alvarez demostrar tal cosa? ¿Por qué cambió de objetivo a medio camino? La madeja narrativa se va enriqueciendo. Ya tengo mucho material para captar y conservar el interés de mi lector.
         En cuanto a Hildebrand et al., se trata de un geólogo canadiense y dos geólogos petroleros, Glen Penfield y Antonio Camargo, ¡que trabajaban para Pemex! La historia de la identificación del cráter, independiente de la del impacto, tiene sus propias grandes posibilidades narrativas. Buscarlas, ponerles cara a los personajes y entender la secuencia de acontecimientos que gradualmente fueron llevando a los personajes de la bruma al conocimiento me ha exigido un considerable esfuerzo de investigación, además de ejercitar mis habilidades como narrador para ir suministrando la información en forma de historia en vez de soltarla toda de un tirón al principio, como el texto original.
         Y yo sólo soy el corrector, una especie de fantasma del proceso editorial.

Si el texto fuera mío, y por lo tanto tuviera plenos poderes para dejarlo como a mí me gusta, todavía iría más lejos. El lenguaje llano puede ser poco expresivo. Se necesitan muchas palabras para decir pocas cosas. Definamos la densidad semántica de un texto como el cociente del contenido (en en sentido de información) entre el número de palabras. Un principio fundamental del buen escribir con el que machaco en mis clases es que a mayor densidad semántica, mayor elocuencia, lo que no quiere decir que haya que escribir telegráficamente, sino más bien que hay que escoger las palabras. Un ejemplo sencillo: “estoy realmente cansado” se puede sustituir por “estoy extenuado”, que transmite la misma idea de cansancio extremo con una palabra menos. Ya es algo. Un buen diccionario de sinónimos es una herramienta para comprimir textos sin volverlos telegráficos. Si el texto fuera mío, lo escudriñaría con la lente de mi diccionario de sinónimos preferido para sacarles el máximo jugo a las palabras.
         Otra forma de decir más con menos palabras es el lenguaje figurado: la metáfora. Si yo digo “mi amiga Libia Elena se ríe muy fuerte”, doy una idea pálida de la risa de mi amiga con un lenguaje simplemente denotativo. En cambio si digo “mi amiga Libia Elena se ríe en grados Richter” uso una palabra más, pero proporciono una imagen mucho más vívida y memorable de las explosiones de hilaridad de Libia. La metáfora puede contener más información que el lenguaje llano porque hace uso de las connotaciones de las palabras; da a entender una relación sin mencionarla explícitamente, aprovecha la información que ya está en la cabeza del lector. En efecto, el lector sabe que los grados Richter se usan para medir la magnitud de los sismos y también sabe que los ruidos fuertes tienen el poder de sacudir las cosas. La risa de Libia es un ruido tan fuerte que sacude la mismísima tierra. Pero no lo dije yo. Sólo lo di a entender, lo que es más interesante y económico.
         Hay otras maneras de dar a entender que, como el lenguaje figurado, tienen la ventaja sobre el lenguaje llano de hacer participar al lector proponiéndole pequeños enigmas. Estas técnicas tienen que ver con la sonoridad o musicalidad de las palabras. En un artículo publicado en ¿Cómo ves? Gerardo Gálvez describe el entierro de Ignaz Semmelweiss con palabras que, en el oído de la mente, suenan como el tañido de una campana fúnebre: “...un hombre que en vida había sido escarnecido y difamado por sus superiores, sus compañeros, sus sucesores”. Esto refuerza la atmósfera de entierro sin tener que atiborrar el texto de adjetivos y adverbios. En un texto reciente, para enfatizar el final de una descripción del paso de un meteorito sobre la ciudad rusa de Cheliábinsk le dí a la última frase la musicalidad de un verso: “En la plaza se levanta un revuelo de palomas”.
         Al mismo tiempo que voy puliendo el lenguaje para sacarle el brillo de la elocuencia, cuido que la narración tenga ritmo para que el lector no se canse. Si hay varias líneas narrativas, no las agoto una por una en bloques continuos de texto, sino que las voy entrelazando, suspendiendo una para continuar con otra. Para dar ritmo también puedo alternar narraciones con momentos de explicación y comentarios personales que relacionen el tema con aspectos más generales de la ciencia.
         La comunicación de la ciencia se vuelve más eficaz cuando se comunica el proceso más que los simples resultados y cuando se emplean las técnicas de elocuencia que describí: distribuir la información en forma narrativa, apretar el texto escogiendo cuidadosamente las palabras, darle colorido por medio de metáforas y sonoridades evocativas y disponerlo en una estructura ritmada. Casi no hace falta decir que en mi trabajo como corrector-editor rara vez recibo originales con estas características. Padecemos una plaga de apego a lo denotativo y a la literalidad y falta de confianza en lo connotativo y la libertad, quizá porque confundimos la comunicación de la ciencia con la ciencia misma. El lenguaje de la comunicación de la ciencia no tiene por qué parecerse al del paper científico. Para hacerse apetecible, nuestro trabajo requiere un lenguaje más rico (y también más sabroso), un lenguaje literario, que en cierta forma es lo contrario del lenguaje ultrapreciso del paper, que tiene algo de camisa de fuerza.

         En un futuro ideal me imagino que los comunicadores de la ciencia aprenderán técnicas finas de escritura literaria, así como los difíciles oficios de editor y de corrector, o por lo menos aprenderán a apreciar su valor y sabrán que nunca debe mandarse nada a la imprenta sin que haya pasado por las manos de estos personajes, que pueden salvar del ridículo al autor y a la ciencia, y del tedio al sufrido lector. Todo artículo que aparece en una publicación que se respete es, en el fondo, una colaboración aunque sólo lleve una firma, y es importante que lo sepan los autores en potencia.

martes, 25 de octubre de 2016

Currículum Sergio de Régules

Esta entrada tiene historia: hace muchos años, cuando mi currículum consistía en algunos artículos, muchas columnas y cuatro libros (además de algunos cursos y conferencias), escribí un artículo para la Revista Digital Universitaria. Me pidieron un currículum y lo mandé sin imaginarme la pesadilla que me esperaba a la vuelta de los años, porque resulta que, misteriosamente, ese currículum es lo primero que aparece cuando se teclea mi nombre en Google. El resultado es que se ha vuelto molestamente común que cuando llego a algún lugar a dar una charla o un curso me presenten leyendo ese currículum polvoriento y siempre tengo que corregir. Generalmente digo: "Muchas gracias. Todo eso era cierto hace 15 años". Y ya. No me parece correcto cantar mis glorias posteriores. Me da pena.

Y así, he aquí un resumen curricular actualizado que me parecería perfectamente correcto para presentarme en 2016.


Sergio de Régules es físico y divulgador científico. Publica artículos en revistas mexicanas y extranjeras, imparte conferencias y cursos y trabaja como coordinador científico en la revista ¿Cómo ves? de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM. En 2014 fue becario en literatura de la Civitella Ranieri Foundation de Nueva York por su trabajo como escritor científico, y finalista del II Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo con el libro Cielo sangriento. Su libros más recientes son Cielo sangriento (Fondo de Cultura Económica, México) El mundo es un caleidoscopio (Colección Descubrir la Ciencia, Editorial Bonalletra y El País, Barcelona).  Es profesor del Diplomado en Divulgación de la Ciencia de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM. Otros libros: El universo en un calcetín (Ediciones B, México), La mamá de Kepler (Ediciones B, México) y Las orejas de Saturno (Paidós, México).

Buen camino, nuevo currículum. Que pronto rebases a tu hermano mayor, que ya está caduco.

jueves, 11 de febrero de 2016

El anuncio del siglo (tal vez...)

Los chismes empezaron a fines de septiembre de 2015. No habían pasado más que unos cuantos días desde que concluyó la renovación de 200 millones de dólares y el Observatorio de Ondas Gravitacionales por Interferometría Láser (LIGO) ya estaba dando de qué hablar. El primer chismoso fue el físico Lawrence Krauss, de la Universidad de Arizona: "Hay rumores de que el LIGO detectó ondas gravitacionales. Si es cierto, es fantástico. Los mantendré informados", puso Krauss en Twitter el 25 de septiembre, y lanzó una oleada de rumores que terminaron por exasperar a la vocera de la colaboración LIGO, Gabriela González, de la Universidad de Luisiana. González dijo, en pocas palabras, que aún no tenían nada que informar y que había que esperar a que concluyera la ronda de observaciones y el equipo analizara los datos y redactara el artículo correspondiente, lo que no iba a ocurrir antes de febrero. Los rumores continuaron, por supuesto. A fines de enero trascendió un tuit que terminaba con la exclamación woo-hoo! A los pocos días, la colaboración LIGO anunció una conferencia de prensa para el 11 de febrero en la que el equipo ofrecería una actualización sobre la investigación en ondas gravitacionales. La cienciosfera enloqueció. Ya nadie tenía dudas: el LIGO había detectado las ondas gravitacionales cuya existencia predijo Einstein hace exactamente 100 años.

El LIGO no es un laboratorio, sino dos idénticos, separados 3000 kilómetros y consistentes en dos brazos perpendiculares de cuatro kilómetros de largo con tubos al vacío. Por los tubos corre un rayo láser separado en dos en la intersección. Los rayos láser se reflejan en unos espejos muy pesados suspendidos para evitar vibraciones externas. Cuando se vuelven a encontrar, en la intersección de los tubos, los rayos láser pueden hacer dos cosas: 1) si los brazos son exactamente de la misma longitud, no pasa nada; 2) si hay una diferencia de longitud de apenas la milmillonésima parte del tamaño de un átomo, los rayos láser interfieren, lo que se manifiesta en los instrumentos del observatorio.

En la teoría general de la relatividad de Einstein la gravedad no es una fuerza entre dos objetos con masa, como en la teoría clásica de Isaac Newton. Si los planetas giran alrededor del Sol no es porque el Sol y los planetas se atraigan mutuamente, sino porque la masa del Sol hace una concavidad en el espacio. Los planetas sólo siguen el contorno del terreno, como canicas que ruedan en un cuenco. Con esta teoría geométrica de la gravedad, Einstein predijo que los movimientos de grandes concentraciones de masa deberían generar ondas en el propio espacio --digamos, como una gelatina que tiembla, o un insecto acuático que se agita--. El efecto de una onda gravitacional se puede entender así: imagínense un círculo en el espacio. Si lo atraviesa una onda gravitacional, lo veríamos hacerse oblongo y oblato alternadamente al ritmo de la onda. Lo malo es que esta deformación de las cosas al pasar una onda gravitacional era tan minúscula, que el propio Einstein pensó que nunca sería posible detectarlas, si acaso existían.

Otras predicciones de la teoría general de la relatividad (tanto de Einstein como de otras personas) se fueron confirmando al paso de los años, pero las ondas gravitacionales no. En 1969 un físico llamado Joseph Weber construyó un aparato para detectarlas y según él las detectó, pero nadie pudo reproducir su experimento. Weber siguió insistiendo pero nunca pudo convencer a nadie. En 1974 Russell Hulse y Joseph Taylor descubrieron por accidente un sistema estelar que, luego de muchas observaciones, cálculos e hipótesis, resultó ser un par de estrellas de neutrones súper densas que estaban girando una alrededor de la otra, como si bailaran. En la teoría original de Newton dos objetos que se orbitan mutuamente no se inmutan: la órbita se mantiene para siempre en ausencia de influencias externas; pero en la de Einstein este "pulsar binario" debería estar emitiendo ondas gravitacionales. Aunque éstas eran inobservables, había un efecto que sí se podría observar: si estaban emitiendo las famosas ondas, estarían perdiendo energía y al perder energía tendrían que acercarse poco a poco. Hulse y Taylor midieron el efecto y coincidió perfectamente con la hipótesis de que el pulsar binario estaba perdiendo energía por ondas gravitacionales. Era una evidencia indirecta, pero muy convincente, y Hulse y Taylor ganaron el premio Nobel de física en 1993.

Con esta confirmación a medias, la comunidad física se animó a invertir en detectores de ondas gravitacionales más sensibles que el de Weber y en 1999 se inauguraron los dos laboratorios del proyecto LIGO, en parte gracias a los esfuerzos de Rainer Weiss, que se inspiró en el caso de Weber para idear una nueva manera de detectar ondas gravitacionales. Los aparatos tomaron datos entre 2002 y 2010, pero nadie en realidad esperaba que pudieran detectar nada. Las ondas gravitacionales son muy tenues. Se consideraba este periodo como una etapa de pruebas para aprender a operar los aparatos. Pero tras la remodelación que concluyó en septiembre, con el LIGO 10 veces más sensible que antes, era casi seguro que el equipo no tardaría en empezar a detectar ondas gravitacionales de acontecimientos como pulsares binarios y colisiones de hoyos negros en las profundidades del cosmos. Y así, empezaron los rumores. Alguien le respondió el tuit a Krauss con este mensaje: "Como científicos, ¿no deberíamos más bien esperar y no lanzar rumores, sobre todo en espacios públicos?" Y eso, en esencia, es lo que contestó Gabriela González cuando los chismes aumentaron de intensidad.

Y así, hoy, en unos momentos, empezará la conferencia de prensa de la colaboración LIGO en la que, según todo el mundo espera, informarán que han detectado las ondas gravitacionales de Einstein, lo que es muy simbólico en este año en que se cumple un siglo de la predicción.

Mientras espero, tratando de contener la emoción, me pongo a escribir a manera de terapia. (El link por Internet ya está abierto, pero todavía no hay transmisión...).

Mi hija me hizo una pregunta interesante: ¿y si dicen que no existen las ondas gravitacionales? La respuesta tiene dos partes. En primer lugar, con los datos que el equipo haya tomado entre septiembre y el 16 de enero, cuando el LIGO entró en una nueva etapa de remodelación, podría bastar para decir que sí existen, mas no para decir lo contrario. Demostrar que algo existe es más fácil que demostrar que no existe: un solo elefante verde basta para demostrar que existen los elefantes verdes, pero el no ver elefantes verdes no demuestra nada. De modo que si la conferencia de prensa es para decirnos que no han detectado nada será muy decepcionante porque no querría decir que no existen las ondas gravitacionales. Ahora bien, eso sí que sería emocionante: saber con certeza que esa predicción de la teoría general de la relatividad es incorrecta abriría nuevos caminos en la física (para empezar, le quitaría el título de campeona de las teorías de la gravedad a la teoría general de la relatividad). A los físicos les gusta mucho estar en lo cierto, pero les gusta mucho más saber que estaban errados, porque eso abre posibilidades. Algunas personas piensan que lo que quieren los físicos es demostrar que Einstein tenía razón (y que son capaces de hacer trampa, como los políticos, para demostrarlo), pero no es así. En la física no hay próceres, al contrario, los físicos siempre están viendo cómo pueden demostrar que se equivocan (sobre todo otros físicos).

Así pues, hoy es súper jueves, el día en que se demostró que existen las ondas gravitacionales (¿y si no...?), día para recordar en la historia de la ciencia, y no sólo porque se confirmará la última predicción del propio Einstein que quedaba por confirmar (que sería lo de menos), sino porque abrir nuestros ojos a las ondas gravitacionales será como adquirir un nuevo sentido para explorar el universo. Muchos fenómenos cósmicos no emiten luz -o emiten luz que nunca nos llega por diversas razones- pero emiten ondas gravitacionales que sí nos llegan. Hasta ahora hemos sido sordos a las ondas gravitacionales. El LIGO y proyectos similares en Europa son como el primer telescopio de Galileo. Ahora habrá que construir  observatorios de ondas gravitacionales más sensibles, como el proyecto LISA, un conjunto de satélites separados millones de kilómetros que podría detectar ondas mucho más pequeñas que el LIGO.

Empieza la transmisión (son las 9:17). Se oye una música muy alegre. Hay una pantalla y un letrero de la National Science Foundation. Una bandera de Estados Unidos, personas sentadas, personas que se paran y toman fotos. Estamos a punto de empezar...

PD, 10:18. ¡Fue que sí! Dave Reitze, director ejecutivo del LIGO, empezó con estas palabras: "Damas y caballeros: hemos detectado ondas gravitacionales."

La señal se detectó desde el 14 de septiembre de 2015 en ambos laboratorios al mismo tiempo (indispensable para considerar la señal legítima). Duró 20 microsegundos. La produjo un sistema de dos hoyos negros que se fusionaron emitiendo odas gravitacionales con una potencia 50 veces más grande que la de todas las estrellas del universo juntas. Como explicó Gaby González, portavoz del proyecto, a partir de la frecuencia de las ondas, los científicos de LIGO calcularon que los dos hoyos negros eran de masas iguales a 29 y 30 veces la masa del sol. Reitze dijo que la señal es exactamente lo que se esperaba ver. Esta esperanza, como explicó un poco más adelante Kip Thorne, relativólogo famoso y cofundador del LIGO, se basa en cálculos y simulaciones por súper computadora hechos con las ecuaciones de la teoría general de la relatividad de Einstein, por lo que el descubrimiento confirma: 1) que existen los hoyos negros, 2) que existen los hoyos negros binarios (parejas de hoyos negros en órbita uno alrededor del otro, 3) que existen las ondas gravitacionales tal como las predijo Einstein (lo que es un poquito decepcionante).

Los participantes señalaron  que lo más importante es que "por primera vez el universo nos ha hablado en ondas gravitacionales" y que en adelante podremos no sólo ver, sino oír al universo, lo que seguramente nos permitirá observar fenómenos nuevos.


jueves, 9 de julio de 2015

¿Cómo ves? cumple 200 números

Como cada vez que hay celebración comovesiana, aquí está la película correspondiente de Cómo ves Picchurs:


domingo, 15 de marzo de 2015

Marco y Rustichello

“¿De veras es ésta la Cueva de las Orquídeas Susurrantes?”, pregunta, llena de esperanza, la princesa Amanecer en un capítulo de Ahí viene Cascarrabias, al entrar en una cueva en la que hay orquídeas y se oyen susurros. ¿Habrán llegado al fin la princesa y su fiel amigo Terry al escondite de la llave mágica que levantará el maleficio que lanzó Cascarrabias sobre el país de la princesa?
       —Sí –dice una voz en off sospechosamente parecida a la de Cascarrabias—. Ésta es la Cueva de las Orquídeas Susurrantes—. Luego añade, socarrona: —¿Les he mentido alguna vez?
       —¡Es Cascarrabias! –dice Terry por lo bajo a la princesa—. ¡Vámonos!
       Si algo enseña este edificante episodio de Ahí viene Cascarrabias es que no se puede confiar en todo lo que nos dice quien afirma no mentir. O por lo menos que no se debe confiar en las voces en off oídas en cuevas llenas de orquídeas en compañía de una princesa, enseñanza bastante menos útil.
       Aquí va un ejemplo que tomo de otro clásico de la cultura occidental. En su famoso libro de viajes, el comerciante y aventurero veneciano del siglo XIII Marco Polo arranca prometiendo develar a los ojos del lector grandísimas maravillas “tal como micer Marco Polo, sabio y noble ciudadano de Venecia, las describe porque las vio con sus propios ojos”. Se sabe que Marco le dictó el libro a un escritor de romances llamado Rustichello en una cárcel genovesa. El coautor metió bastante de su cosecha, como lo de “sabio y noble ciudadano”, que viniendo de Marco sería de una inmodestia intolerable. “Indudablemente aquí hay algunas cosas que no vio”, sigue la introducción, “pero las sabe de hombres dignos de ser creídos y citados”.
       Pues bien, Marco y sus hombres dignos de ser creídos y citados son, en algunas partes, tan dignos de ser creídos y citados como una voz en una cueva llena de orquídeas (ahora que lo pienso, ¿orquídeas en una cueva?). Aunque la mayor parte del libro está dedicada a describir las gentes y las costumbres –y sobre todo las actividades comerciales—de los lugares que visitó Marco, la obra tiene secciones de pura fantasía. En una isla habita el pájaro grifo (los lugareños lo llaman Roc, el ave gigante de las leyendas de Simbad el marino) que puede levantar un elefante para dejarlo caer desde lo alto y luego comérselo. Marco afirma haber visto con sus propios ojos una pluma de 90 palmos de largo. También cuenta de un diente de jabalí de siete kilos. En Cipango (Japón), tierra que el viajero nunca vio, había un señor cuyo palacio estaba “todo cubierto de placas de oro fino… Y también os digo que toda la pavimentación de las habitaciones, de las que hay un buen número, es también de oro fino, de más de dos dedos de espeso. Y todas las demás partes del palacio y las salas, y las ventanas, están también adornadas de oro”.
       Al mismo tiempo, Marco omite de su relato cosas que sí vio. Por ejemplo, pese a que dedica un capítulo a contar que el Gran Can (emperador de China) guarda el oro en su palacio y lo hace representar por papeles impresos que todo el mundo intercambia como si fueran el propio oro, Marco no menciona la imprenta con que se hacían estos billetes (la imprenta de Gutemberg, prima del invento chino, es de dos siglos después). No se puede confiar ciegamente en lo que cuenta Marco.
       Lo cual es una lástima, porque narra cosas muy jugosas, como la asombrosa hospitalidad de los habitantes de Camul. Cuando llega un extranjero, cuenta Marco, lo reciben como a un rey y el dueño de la casa se va. “Por tanto, el extranjero se queda en la casa con la mujer, y actúa a su capricho, acostándose con ella en una cama como si se tratara de su mujer, y se pasan mucho tiempo retozando”. Y un poco más adelante: “Y las mujeres son alegres, bonitas, juguetonas, y muy obedientes a todo lo que su marido les ordena, y les gusta mucho esta costumbre”. ¡Qué maravilla de país! Pero, ¿cómo creerle a Marco después de lo del ave Roc? (¿Y dónde será Camul?)
       No hay que confundir el rigor científico con el rigor mortis, recomienda Jorge Wagensberg, director de un museo de ciencias en Barcelona. Quizá este precepto guió a Marco, o más bien a Rustichello, en la redacción del Libro de las maravillas. Tal vez los hechos escuetos le parecieron áridos al escritor de romances y no pudo aguantarse las ganas de adornarlos.
       ¿Cuándo es correcto embellecer los hechos escuetos? ¿Cuánto embellecimiento es válido y a partir de qué umbral se incurre en mentiras? En este blog rara vez hay hechos escuetos, pero tampoco hay mentiras, al menos deliberadas. Las personas poco informadas acerca de la divulgación de la ciencia (entre ellas muchos investigadores científicos, ay de mí) piensan que un divulgador debe reportar hechos desnudos, resultados de la ciencia bien documentados, sin concesiones a la tentación de vestirlos o darles un significado más amplio. Tan espartana renuncia puede ser mortífera. Si el Libro de las maravillas sólo contuviera la aportación de Marco, ni merecería ese título ni se recordaría hoy.